Jaime Goig
(España) Presidente del Ateneo Iberófono Juan Latino, político, comunicador y escritor con amplia experiencia en medios (Onda Cero, El País…). Ha sido director de comunicación en varias empresas españolas y ha desarrollado proyectos en sectores donde compiten marcas como Apple o Google. Su trayectoria combina información, narrativa y producción audiovisual. Actualmente estudia diversas disciplinas en el Instituto Beatriz Galindo – La Latina. Es editor en La Iberofonía.
Hay noticias que, por esperadas, no duelen menos; hieren como puñalada trapera que se recibe a traición, sabiendo que quien la asesta es un felón, pero sin poder evitar que la sangre brote. La revelación de que Michael Rubin, exasesor del Pentágono y factótum de esa factoría de ignominias que es el Middle East Forum, haya instado públicamente a Donald Trump —un energúmeno con ínfulas de estadista— a reconocer Ceuta y Melilla como “territorios marroquíes ocupados” no es sino el último y más grotesco episodio de una farsa que, entre nosotros, representan a diario los mercachifles de la geopolítica y sus corifeos patrios.
Observen la jugada, que no tiene desperdicio. Un señor que ha mamado de las ubres del Pentágono, un ideólogo de saldo que probablemente sitúa Ceuta en las antípodas, se permite el lujo de pontificar sobre la integridad territorial de una nación muchísimo más antigua que la suya. Y lo hace con la desvergüenza del tahúr que, desde su atalaya de poder, reparte lo que ha robado, porque España, no nos engañemos, se ha convertido en una finca rústica inscrita en el registro de la cancillería estadounidense. Pero no nos escandalicemos tan pronto, que el esperpento tiene más enjundia.
Porque detrás de esta ocurrencia de Rubin no está solo la estulticia supina de quien ignora la historia. Aquí lo que late es el hediondo pacto de intereses que, como triángulo amoroso de burdel, congrega en una misma alcoba a Estados Unidos, Israel y el Reino de Marruecos. Un ménage à trois en el que todos ponen el cuerpo y nosotros el culo.
Marruecos, esa dictadura a la que los atlantístas aman, que invade el Sáhara con la repugnante aquiescencia del gobierno español y sus sicarios de la europa sublime a cambio de su papel de gendarme en el control migratorio —negocio infame que consiste en convertir el tráfico humano en mano de obra barata— ha ido cobrando piezas de un tablero que no le pertenece: vienen a por Ceuta y Melilla como el que va a la tienda a por un kilo de garbanzos.
Pero no se engañen: Marruecos es el ariete, pero la mano que empuña el mazo es la de los intereses geoestratégicos de Estados Unidos e Israel. Israel, un estado que ha hecho de la alianza con los regímenes árabes más reaccionarios su tabla de salvación frente al aislamiento internacional, ve con buenos ojos cualquier debilitamiento de los estados nación tradicionales. Que España pierda soberanía en el Mediterráneo es, para Tel Aviv, una excelente noticia. Y Estados Unidos, por su parte, sigue aplicando la doctrina del caos controlado: desestabilizar a sus aliados para hacerlos más dóciles, más sumisos, más dispuestos a aceptar cualquier imposición con tal de no quedarse fuera del redil.
Y en medio de este festín de buitres, ¿Dónde están nuestros supuestos patriotas? ¿Dónde esa derecha española que llena sus discursos de referencias a la Hispanidad y a la defensa de la integridad territorial? Ahí los tienen, mudos como putas en misa, o en el mejor de los casos, soltando alguna declaración timorata que se desvanece con el primer bostezo de sus amos atlánticos. Porque estos patriotas de hojalata, estos palmeros del poder, llevan décadas vendiendo humo mientras consienten que nuestro país se convierta en una factoría de cesiones vergonzantes. Ellos, que tanto pontifican sobre la unidad de España, son los primeros en tragar saliva cuando un exasesor del Pentágono reparte nuestra geografía como si fuera un botín de guerra.
Y de las izquierdas autopercibidas no les digo nada. Se llenan la boca a diario hablando de antimperialismo y de defensa de los derechos humanos, pero miran hacia otro lado cuando se trata de defender al Sáhara, al que han traicionado como ratas, o la ciudadanía española de Ceuta y Melilla (por aquello de no ser tildados de fachas). Prefieren entregarlas antes que mancharse con el pecado original de la españolidad. Porque para ellos, ser español es una vergüenza de la que hay que redimirse mediante la autoflagelación y la entrega de soberanía al primero que pasa.
Lo que está en juego no es solo el futuro de dos ciudades españolas, lo que está en juego es la propia supervivencia de España como nación. Porque si hoy toleramos que un analista pagado por el Pentágono cuestione nuestra soberanía sobre Ceuta y Melilla, mañana toleraremos que se ponga en entredicho Canarias, o que cualquier potencia extranjera nos imponga sus condiciones a cambio de su amistad envenenada.
Pero no se inquieten, que para eso están nuestros políticos, siempre dispuestos a inflarse los bolsillos. Ya verán cómo, dentro de poco, aparece algún iluminado en la Moncloa o en La Zarzuela sugiriendo que, para mantener buenas relaciones con Marruecos y con nuestros aliados de la OTAN, habría que estudiar alguna fórmula imaginativa que compatibilice la españolidad de las ciudades con no sé qué administración especial o qué sé yo qué régimen de cosoberanía. Porque esa es la especialidad de nuestra clase dirigente: vender humo mientras otros roban el territorio.
Mientras tanto, desde los think tanks estadounidenses y los despachos israelíes, seguirán llegando estos análisis que, con apariencia de erudición, esconden la más rastrera de las intenciones: debilitar a España para que sus élites, esas que se dicen patriotas, acepten cualquier cosa con tal de no quedarse fuera del reparto. Y nosotros seguiremos esperando a que alguien, alguna vez, diga basta. Pero no, no se molesten. Total, Ceuta y Melilla son solo dos ciudades. ¿Qué importa que sean españolas si hoy prima la geopolítica y el negocio?
Así que, ya saben: prepárense para más humillaciones, para más presiones, para más entregas de soberanía envueltas en papel de regalo diplomático. Y cuando dentro de unos años alguien se pregunte cómo fue posible que nuestros gobiernos vendiera Ceuta y Melilla sin que nadie moviera un dedo, ya sabremos la respuesta: porque nuestros patriotas estaban demasiado ocupados haciéndose selfis con las banderas y lamiendo las botas de quienes, en realidad, siempre despreciaron su país. Amén.


