China despliega miles de barcos y congestiona el mar

Washington, entre Ormuz y el Pacífico


Jaime Goig Jaime Goig

(España) Presidente del Ateneo Iberófono Juan Latino, político, comunicador y escritor con amplia experiencia en medios (Onda Cero, El País…). Ha sido director de comunicación en varias empresas españolas y ha desarrollado proyectos en sectores donde compiten marcas como Apple o Google. Su trayectoria combina información, narrativa y producción audiovisual. Actualmente estudia diversas disciplinas en el Instituto Beatriz Galindo – La Latina. Es editor en La Iberofonía.

Está ocurriendo. La concentración de miles de embarcaciones chinas en el mar de China Oriental, en formaciones poco compatibles con una campaña pesquera ordinaria, no debe leerse solo como un episodio marítimo llamativo. En el contexto actual, esa imagen adquiere una dimensión estratégica mucho mayor: mientras Estados Unidos sigue implicado en la guerra contra Irán y soporta sus costes militares, diplomáticos y energéticos, China exhibe una capacidad de presión en Asia-Pacífico que sugiere la posible apertura de otro frente de desgaste para Washington.

Los datos satelitales y de tráfico marítimo recogidos por varios medios muestran que más de 1.500 y hasta 2.000 barcos chinos llegaron a agruparse en líneas extensas y coordinadas, permaneciendo inactivos o semiactivos en disposiciones geométricas inusuales. Analistas citados por esas informaciones consideran que esos movimientos encajan mejor con maniobras de presencia, adiestramiento o ensayo de coerción marítima que con mera pesca de invierno.

La clave, sin embargo, no está solo en China, sino en el momento elegido. Estados Unidos se halla ya absorbido por una guerra contra Irán iniciada el 28 de febrero de 2026 junto a Israel, conflicto que ha derivado en ataques iraníes contra objetivos estadounidenses en varios países de la región, tensiones en el estrecho de Ormuz y un choque diplomático abierto con Rusia y China en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Ese solapamiento importa porque la guerra en Irán no es un episodio periférico para la capacidad global estadounidense. La crisis ya ha alterado el mercado energético de forma severa: la Agencia Internacional de la Energía ha advertido, según cobertura periodística reciente, de la mayor disrupción de oferta de la historia del mercado petrolero, con al menos 10 millones de barriles diarios afectados y decenas de petroleros atrapados en el Golfo. Eso obliga a Washington a dedicar atención militar, diplomática y logística a Oriente Medio justo cuando su rival estructural sigue siendo China.

Desde esta perspectiva, la pregunta no es solo si China prepara un bloqueo, una cuarentena marítima o un ensayo de movilización civil-militar. La pregunta más relevante es otra: ¿puede Estados Unidos atender de forma eficaz todas las crisis abiertas, muchas de ellas favorecidas por su propia estrategia de sobreextensión? La respuesta, hoy, parece menos evidente que hace una década. Incluso análisis muy distintos entre sí coinciden en que la guerra con Irán distrae recursos, atención política y capital estratégico del teatro indo-pacífico, beneficiando indirectamente a Pekín.

Los medios no atlantistas están insistiendo precisamente en ese punto. CGTN sostiene que la guerra expone “los límites del poder militar estadounidense”, al mostrar que la superioridad de fuego no garantiza objetivos políticos claros ni una salida rápida. Global Times subraya que, a medida que el conflicto se prolonga, aumenta el riesgo de una “guerra sin fin”, al tiempo que crecen las discrepancias internas en Estados Unidos. TASS, por su parte, ha destacado que China y Rusia aparecen entre los principales beneficiarios estratégicos de esta operación, precisamente porque Washington se ve forzado a dividir su atención.

En ese marco, las flotillas chinas cumplen una función doble. Por un lado, demuestran capacidad de movilización masiva de recursos civiles con utilidad estratégica, algo compatible con la doctrina de milicia marítima que Estados Unidos lleva años denunciando. Por otro, envían a Washington un mensaje de fondo: China puede aumentar la presión en el Pacífico sin necesidad de abrir una guerra convencional, explotando precisamente las zonas grises donde la respuesta estadounidense es más difícil y políticamente más costosa.

Eso reduce la cuestión japonesa a una dimensión secundaria. El problema principal para Washington no es si Tokio protesta o refuerza patrullas, sino que Pekín muestra que dispone de instrumentos para tensar el primer arco insular mientras Estados Unidos está ocupado en otro teatro. En términos estratégicos, no hace falta una invasión de Taiwán para complicar a la superpotencia rival; basta con elevar la presión marítima, erosionar la libertad operativa estadounidense y obligar a sus aliados a pedir más compromiso en Asia cuando ya existe una guerra abierta en Oriente Medio.

Además, hay un elemento material que suele quedar oculto bajo la retórica. Estados Unidos sigue siendo la principal potencia militar del sistema internacional, pero una cosa es la superioridad total en abstracto y otra la capacidad de concentración efectiva en varios escenarios simultáneos. Cada crisis exige portaaviones, defensa antimisiles, inteligencia, logística, combustible político interno y tiempo decisorio. Cuando Oriente Medio absorbe parte de esos recursos, el Indo-Pacífico no desaparece; queda más expuesto a maniobras de presión gradual.

Por eso, la acumulación de barcos chinos no debe interpretarse como una anécdota marítima ni como una simple maniobra de pesca. Es una señal estratégica lanzada en el momento exacto en que Washington parece más disperso. China no necesita abrir una guerra inmediata para obtener ventaja; le basta con demostrar que puede crear una nueva crisis potencial allí donde Estados Unidos ya no puede concentrarse sin coste.

La conclusión es incómoda para Washington. Sí, Estados Unidos conserva medios para intervenir en varios teatros, pero cada nueva crisis reduce su libertad estratégica y aumenta el rendimiento relativo de sus adversarios. En un sistema internacional más fragmentado, la sobreextensión vuelve a ser un problema clásico: quien pretende ordenar simultáneamente Oriente Medio, contener a China y sostener otros compromisos globales corre el riesgo de no cerrar ninguna crisis de forma decisiva. Y eso es precisamente lo que hoy parecen estar midiendo, con métodos distintos, Irán en Ormuz y China en el Pacífico.

Fuentes: Bitácora, Business Insider, Asia Times, CGTN, Global Times, TASS, Reuters.

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