Jaime Goig
(España) Presidente del Ateneo Iberófono Juan Latino, político, comunicador y escritor con amplia experiencia en medios (Onda Cero, El País…). Ha sido director de comunicación en varias empresas españolas y ha desarrollado proyectos en sectores donde compiten marcas como Apple o Google. Su trayectoria combina información, narrativa y producción audiovisual. Actualmente estudia diversas disciplinas en el Instituto Beatriz Galindo – La Latina. Es editor en La Iberofonía.
Advertencia imprescindible (que no hace falta leer)
He tenido una pesadilla particularmente oportuna, casi documental. En ella se me aparecía Franco con tranquilidad burocrática. Según me explicó —si es que los espectros explican algo— pretendía dejar por escrito una reflexión dirigida a quienes hoy se proclaman sus herederos. Lo que sigue, por tanto, es transcripción literal:
Me veo obligado a escribir estas líneas desde el más allá, cosa que, francamente, no pensaba hacer. Uno cree que al morir se libra de las preocupaciones terrenales, pero parece que ni siquiera eso se me concede .Y es que contemplando lo que hoy llamáis “derecha española” me pregunto si alguien ha cambiado las etiquetas de los tarros.
Os dejamos una Patria ordenada según nuestros criterios —que ya sé que hoy son objeto de encendidas polémicas—, con una idea clara de soberanía y con enemigos bien identificados, incluso quizá demasiado identificados. Pero al menos había una cosa de la que nadie dudaba: España debía existir por sí misma y no como apéndice de potencias extranjeras.
Ahora oigo vuestros discursos y me invade una extraña sensación. En mi época nos acusaban de aislamiento; hoy competís por ver quién demuestra más entusiasmo en alinearse con cualquier poder extranjero que os guiñe un ojo.
Santiago… ¿Tú también, hijo mío?
Permitid que os hable con la franqueza del viejo militar: esto que hacéis no es patriotismo, esto que hacéis es dependencia.
La derecha que yo conocí —y que vosotros invocáis cuando conviene— podía ser rígida, autoritaria y hasta cruel con enemigos internos pero no era servil. Y cuando se hablaba de soberanía se hacía en serio, no como un frase que se guarda en el cajón cuando llegan instrucciones del exterior.
Y aquí llegamos al primer asunto que me provoca una mezcla de perplejidad y risa espectral: vuestra devoción sumisa a toda forma de sionismo.
En mis tiempos existía, como sabéis, toda una cosmovisión conspirativa que hoy os produce sonrojo: la famosa conspiración judeo-masónica, ese enemigo tentacular al que algunos atribuíamos prácticamente todos los males del mundo.
Pues bien, la conspiración, según parece, no desapareció.
Simplemente habéis decidido aplaudirla.Permitidme recordar un detalle histórico: mi régimen jamás reconoció al Estado de Israel. No fue una omisión casual ni un olvido burocrático. Fue una decisión política deliberada, coherente con aquella, mi visión del mundo.
Sin embargo, hoy, muchos de vosotros, que gustáis de citar mi nombre en corrillos y tertulias, os habéis convertido en entusiastas defensores del Estado israelí, como si España fuese una extensión diplomática de Sión.
No deja de tener su ironía: añorais el franquismo mientras hacéis exactamente lo contrario de lo que el franquismo hizo en este asunto.
Por cierto, y ya que habláis tanto de patriotismo, mirad un momento hacia el sur. Allí está Marruecos, avanzando con la seguridad de quien sabe que no camina solo. Rabat hace lo que hacen todas las naciones con algo de instinto político: aprovechar las debilidades ajenas.
Además, tiene buenos padrinos —Washington y Tel Aviv , a los que tanto admiráis— que saben muy bien lo que significa controlar el Estrecho y sus alrededores.
Vosotros, en cambio, parecéis haber olvidado lecciones elementales. El Rif, donde España pagó caro el precio de la ingenuidad o el Sáhara, entregado con una ligereza que todavía pesa sobre nuestra historia.
Pero la cosa no acaba ahí.
Lo que verdaderamente me deja estupefacto es contemplar vuestro entusiasmo por determinadas aventuras militares contemporáneas. Estoy hablando de Irán.
Una observación desde la tumba: España, durante décadas, fue tratada como una anomalía política internacional. Se nos expulsó de organismos internacionales, se promovieron sanciones diplomáticas y se intentó aislar al país.
Y ahora observo que vosotros, que tanto habláis de soberanía, os apuntáis con entusiasmo a cualquier campaña de presión, sanción o amenaza militar promovida contra Estados que se encuentran en una situación similar.
No deja de ser curioso.
Os han convencido de que ser patriotas consiste en imitar a los derechistas de otras latitudes, aunque sean enemigos. Y repetís sus consignas, adoptáis sus hábitos y, si es posible, plagiáis sus discursos palabra por palabra.
España, sin embargo, nunca fue copia de nadie.
Decepcionado estoy, no lo niego. Muchísimo.
Porque ni siquiera sois coherentes con aquello que decís heredar.
Recordad algo elemental: España no debería ser un protectorado estratégico de nadie.
Si vais a hablar de soberanía, procurad ejercerla alguna vez.
Con la esperanza —remota, pero nunca imposible— de que aún os quede algo de vergüenza, os observa desde la Historia,
Francisco Franco Bahamonde (más presente que nunca).
Posdata:
Confieso que, después de esta experiencia onírica, me he quedado con cierta curiosidad historiográfica. Si el subconsciente —o lo que sea que gestione estas visitas nocturnas— continúa con este extraño ciclo de apariciones políticas , no descarto que cualquier noche de estas se me presente Stalin para dictarme su propia carta a las auto-percibidas izquierdas contemporáneas. Con un poco de suerte, quedará completo el experimento y quién sabe: quizá entonces descubramos que, en materia de herencias políticas, los muertos suelen estar más desconcertados que los vivos.


