Matarifé de Bruselas va a cuchillo

Von der Leyen activa el modo “urgencia”


Jaime Goig Jaime Goig

(España) Presidente del Ateneo Iberófono Juan Latino, político, comunicador y escritor con amplia experiencia en medios (Onda Cero, El País…). Ha sido director de comunicación en varias empresas españolas y ha desarrollado proyectos en sectores donde compiten marcas como Apple o Google. Su trayectoria combina información, narrativa y producción audiovisual. Actualmente estudia diversas disciplinas en el Instituto Beatriz Galindo – La Latina. Es editor en La Iberofonía.

La presidenta de la Comisión Europea, a la que algunos llamamos Matarifé de Bruselas (y no precisamente por su devoción mariana), ha activado la “aplicación provisional” del acuerdo con el Mercosur. La palabra “provisional” suena a algo temporal, casi a préstamo entre vecinas. Pero cuando von der Leyen activa el modo “urgencia”, los mercados saben que lo provisional llega para quedarse y que el único carácter transitorio será el de las explotaciones agrarias que cierren.

La operación ursulina es una obra de ingeniería institucional : el tratado entra en vigor sin esperar a que los parlamentos nacionales hagan ese coñazo de debatir y votar. No se vulnera la norma, se “optimiza el procedimiento”. O lo que es lo mismo: se minimiza la aparente democracia y se maximiza la velocidad del dinero. La técnica sustituye a la política, y Farma-mari (que así la llaman en mi pueblo) sonríe desde su despacho mientras se humedece pensando en los próximos y opacos contratos a negociar.

Nos hablan de contrapesos globales, de diversificación estratégica, de alianzas entre continentes. Bonito, bonito todo, muy chupipandi. Pero debajo del discurso de traje sastre y moño laqueado perfecto, late la ecuación real: gana el capital, pierde el agricultor. 

Porque el capital opera a escala transnacional. Compra, vende, integra cadenas logísticas y ajusta precios sin preguntar a nadie. No tiene patria agraria. En cambio, el agricultor español, el francés o el polaco sí la tienen. Y ahora compite con producciones sudamericanas más baratas, con marcos regulatorios distintos y con costes que no incluyen las exigencias ambientales que Bruselas impone: aquí con mano dura; allí con vista gorda.

Durante años, Matarifé de Bruselas y sus secuaces han exigido a nuestros campos estándares ambientales, burocráticos y productivos cada vez más estrictos. Ahora abren la puerta a importaciones que no siempre operan bajo las mismas condiciones. La virtud es obligatoria en casa y negociable fuera. 

Y mientras los tractores recorren las capitales de la UE, la Comisión acelera. La “provisionalidad” permite activar los beneficios industriales —automoción, maquinaria, servicios financieros— mientras el impacto agrícola se administra con discursos bonitos. Es una cirugía de precisión: el sector financiero celebra con cava; el campo ajusta con lágrimas.

No se trata de demonizar el comercio. Se trata de acotar lo que ocurre. Mercosur puede aumentar el volumen de intercambios. Puede beneficiar a grandes exportadores y a los mismos de siempre. Pero la asimetría es evidente: las ganancias se concentran en despachos; las pérdidas se reparten en el campo.

En Iberoamérica, el riesgo es la reprimarización. En Europa, la erosión del pequeño y mediano productor. En ambos lados del Atlántico, el vencedor es el mismo actor abstracto, cosmopolita y sin arraigo productivo: el capital financiero y logístico. 

La “vía libre” no es un himno al equilibrio. Es una decisión estratégica en la que los que negocian no son los que ordeñan, siembran o cosechan. ¿Verdad, doña Úrsula?

Y cuando la política comercial empieza a funcionar sin esperar a la ratificación plena, conviene recordar algo elemental: lo provisional suele consolidarse antes de que el perjudicado haya terminado de entender las reglas del juego. O antes de que Matarifé de Bruselas haya tenido que dar explicaciones. Que de eso, la verdad, va cortita.

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