¡Viva la democracia!

La defensa del pinochetismo y el fracaso de la memoria en Chile


Vladimir Boroa Vladimir Boroa

(Chile) Vladimir Boroa es escritor, poeta y profesor de Lengua y Literatura de Chile. Titulado en la Universidad de Playa Ancha. Ha publicado dos libros de poesía: Escatología, poemas para un holocausto nuclear (2020) y Herrumbre o Del nacer (2024). Forma parte de Vanguardia Comunista de Chile desde 2021, donde ha colaborado en la redacción de efemérides y en la elaboración del programa político.

Imaginemos por un minuto a un alemán que, en algún momento de reflexión profunda, diga que Hitler, aquel monstruo para la historia alemana, fue un gran líder que se preocupaba por su pueblo, y justifique todo su período de gobierno como algo necesario, y que además construyó magníficas carreteras. Probablemente la reacción de sus receptores sea el horror, el asco, la burla mordaz e incluso la lástima, pues representaría un fracaso para  las férreas políticas de la educación alemana en cuanto al tema.

Pero nunca será la indiferencia. Defender o intentar justificar las atrocidades nazi se paga con cárcel.        

 La volksverhetzung, aquella ley teutona contra la violencia y la invitación a la violencia dirigida a grupos y sectores étnicos, pliticos, religiosos y/o sociales, no justifica en absoluto un discurso de este tipo, y estos no se amparan bajo el escudo de la libertad de expresión, lo mismo que el revisionismo.

En Chile, el panorama es radicalmente diferente. Que alguien diga que Pinochet fue un héroe por tal o cual cosa no es novedad. Vemos la imagen del general en tazas, en los puestos de la feria artesanal, en fotos de perfil de una red social, en los discursos esgrimidos por el ancianato social de la derecha que votará a los inescrupulosos portavoces y apologetas de la dictadura de Pinochet, haciendo vista gorda a los huesos esparcidos, las paredes ensangrentadas, los sepulcros clandestinos y los viajes de la muerte, porque en el fondo, «también hubo cosas buenas». 

En Chile se relativizan los hechos violentos perpetrados por la dictadura y, lo que es peor, desde la misma clase social de los torturados, porque niegan su proletariedad y apuestan a ser clase media o media alta, luchando por un sueño gringo que no es otra cosa que una ilusión disfrazada de oasis. En Chile no hay clase media ni media alta, solo hay clases trabajadoras con más y menos tarjetas de crédito, a cambio de derechos dinamitados que debieran ser básicos, desplazadas y despolitizadas, y esa herencia pinochetista es la razón por la cual se defiende la muerte, la tortura y la desaparición sistemáticas de trabajadores chilenos organizados.

Lamentablemente en Chile, en esta larga y angosta trinchera defendida por embajadores regionales de la anglosfera, donde se ha asido el brazo armado del neoliberalismo salvaje, también se ha perpetuado generacionalmente esta idea de la derecha militarizada salvando a un país; idea que afecta e infecta a los más jóvenes de la sociedad, quienes reproducen este discurso sin ningún tipo análisis previo. 

La discusión de que si Pinochet fue o no fue un dictador, si hizo o no hizo un buen gobierno, si violó o no las vidas de sus opositores, no es un síntoma de que la ultraderecha esté reactivándose, sino que es la prueba más recalcitrante de que nunca se fue, y la verdad más axiomática de que ha triunfado. Triunfó, porque esta democracia burguesa permite una multilateralidad de discursos que silenciosamente respaldan a quienes promueven el pinochetismo. Y no, no somos los culpables nosotros quienes permitimos que esto suceda. Nosotros, los vencidos, los desplazados, los humillados somos las víctimas de una colorida alegría prometida y diseñada para que los cimientos de la dictadura sean inamovibles, y así los trabajadores endeudados pasen eternamente cabizbajos por las grandes alamedas.

¿Qué es lo que lleva a un joven a alabar a Pinochet? 

¿Que es lo que lleva a un padre o madre a transmitir los distópicos ideales de una figura que no representa a su clase? ¿Por qué se permite la proliferación de discursos prodictadura en un país que dice amparar los derechos humanos? ¿Es democracia una palabra o jamás lo fue?

Que un estudiante y un profesor discutan respecto a Pinochet no es tema, de hecho es esperable. Es la más clara y obvia consecuencia de esta democracia post dictadura que permite que los medios de comunicación difundan ideas pinochetistas; que ampara a candidatos que apoyaron el golpe de estado y a otros que apoyarían uno más «con todas sus consecuencias», y que al respecto no se haga más que una pataleta de la izquierda progre. 

¿Habrá algún proyecto de ley que levante la moción de castigar la relativización y la apología de la dictadura de Augusto Pinochet, o es acaso contrademocrático? 

«Viva la democracia», dice Pinochet desde su tumba.

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