La Iberofonía
Equipo de edición de La Iberofonía, medio de comunicación del Ateneo Iberófono Juan Latino.
Fuentes locales han informado este 5 de mayo de 2026 de fuertes explosiones en la ciudad saharaui ocupada de Smara, uno de los principales núcleos urbanos bajo control de Marruecos en el Sáhara Occidental. La información apunta a posibles impactos en las proximidades de posiciones militares marroquíes situadas cerca del muro defensivo levantado por Rabat, aunque hasta el momento el Ejército Popular de Liberación Saharaui no ha confirmado su autoría.
La falta de confirmación oficial no reduce la relevancia del episodio. Smara no es un punto cualquiera en el mapa del conflicto: se trata de una ciudad situada en el interior del dispositivo defensivo marroquí, dentro de la zona ocupada y relativamente alejada de la línea más activa del frente. Cualquier impacto en esta área implica, por definición, un aumento del alcance operativo de las acciones militares saharauis o, al menos, una mayor presión sobre la retaguardia marroquí.
El incidente debe leerse dentro de una guerra que nunca terminó realmente. El conflicto del Sáhara Occidental, considerado por Naciones Unidas como un territorio pendiente de descolonización, permaneció congelado durante casi tres décadas tras el alto el fuego de 1991. Sin embargo, en noviembre de 2020, tras los enfrentamientos en el paso de Guerguerat, el Frente Polisario dio por roto el acuerdo y reanudó las operaciones militares contra Marruecos.
Desde entonces, la guerra ha adoptado una forma de conflicto de baja intensidad, con bombardeos periódicos, ataques de artillería, operaciones de hostigamiento y acciones puntuales contra posiciones marroquíes a lo largo del muro. Este dispositivo, de más de 2.700 kilómetros, constituye la columna vertebral del control territorial de Rabat y separa las zonas ocupadas de las áreas bajo influencia del Polisario.
El episodio de Smara encaja en una tendencia observable en los últimos años: la progresiva ampliación del radio de acción de las fuerzas saharauis. Aunque la mayor parte de los ataques se concentran en sectores como Mahbes, Hauza o Tifariti, se han registrado impactos en zonas más profundas del territorio ocupado, lo que obliga a Marruecos a reforzar su dispositivo defensivo en la retaguardia.
Un antecedente directo se produjo en 2025, cuando proyectiles impactaron en las inmediaciones de Smara y en áreas cercanas a instalaciones militares marroquíes. En aquella ocasión, Rabat minimizó los daños, mientras las fuentes saharauis reivindicaron la acción como un ataque dirigido contra objetivos estratégicos. El patrón se repite ahora: versiones divergentes, ausencia de confirmación independiente y un campo informativo fragmentado.
La dimensión informativa del conflicto es, de hecho, uno de sus elementos estructurales. Marruecos mantiene un estricto control sobre el acceso al territorio y limita la presencia de observadores independientes, mientras el Polisario canaliza sus comunicados a través de la Sahara Press Service y medios afines. En ese contexto, cada incidente requiere un análisis cuidadoso para separar hechos confirmados de afirmaciones no verificadas.
Más allá del dato puntual, el momento político añade una capa adicional de tensión. La ONU ha reactivado en las últimas semanas los contactos diplomáticos en torno al Sáhara Occidental, en un intento de desbloquear un proceso que lleva décadas paralizado. El enviado especial Staffan de Mistura ha planteado la posibilidad de retomar negociaciones, aunque las posiciones siguen siendo irreconciliables.
Marruecos mantiene su propuesta de autonomía bajo soberanía marroquí, respaldada por Estados Unidos, Francia y España, mientras el Polisario insiste en el derecho de autodeterminación mediante referéndum. En este contexto, cada episodio militar adquiere una dimensión política: no solo refleja la situación sobre el terreno, sino que condiciona cualquier intento de negociación.
El elemento militar tampoco puede entenderse sin su dimensión regional. El Sáhara Occidental se sitúa en un espacio estratégico donde convergen intereses de África del Norte, el Sahel y el Atlántico. Marruecos ha reforzado en los últimos años su posición como socio clave de potencias occidentales, mientras el Polisario mantiene vínculos con Argelia, su principal respaldo político y logístico.
El equilibrio entre Rabat y Argel es uno de los factores determinantes del conflicto. La rivalidad entre ambos países no se limita al Sáhara: afecta a la seguridad energética, las rutas comerciales, la estabilidad del Magreb y la proyección hacia África subsahariana. En ese tablero, cualquier escalada en el frente saharaui tiene implicaciones que trascienden el propio territorio.
El uso creciente de medios tecnológicos también está modificando la naturaleza del conflicto. Aunque no alcanza el nivel de otros escenarios, el Sáhara Occidental ha comenzado a incorporar drones, vigilancia electrónica y sistemas de detección, lo que permite ampliar el alcance de los ataques y mejorar la capacidad de reconocimiento.
Esto refuerza la hipótesis de que acciones como la reportada en Smara podrían formar parte de una evolución táctica. No se trataría solo de ataques de hostigamiento en el frente, sino de golpes selectivos en profundidad, destinados a demostrar vulnerabilidad en zonas consideradas seguras por Marruecos.
La respuesta marroquí, por ahora, ha sido mantener un perfil bajo en la comunicación oficial de estos incidentes. Rabat tiende a evitar la amplificación mediática de ataques que puedan cuestionar la solidez de su control territorial. Sin embargo, sobre el terreno, el refuerzo de posiciones y la vigilancia permanente indican que el riesgo es percibido como real.
En términos estratégicos, el episodio confirma que el Sáhara Occidental sigue siendo un conflicto activo, aunque de baja visibilidad internacional. A diferencia de otros escenarios, no ocupa titulares constantes, pero mantiene una dinámica de confrontación sostenida que puede intensificarse en función de factores regionales y globales.
La clave, como en otros conflictos contemporáneos, está en la acumulación de incidentes. Un ataque aislado puede ser contenido; una sucesión de impactos en zonas sensibles puede alterar el equilibrio. Smara, por su localización y su simbolismo, es uno de esos puntos donde cada explosión tiene un significado que va más allá de lo inmediato.


