Racismo, cosmopolitismo y mestizaje: una crítica filosófica

Ni pureza racial ni disolución de los pueblos: la unidad biológica de la humanidad y la diversidad histórica de las naciones


Román Hernández Suárez Román Hernández Suárez

(Colombia) Músico, arreglista y violinista en la Orquesta Sinfónica del Centro de Buenos Aires. Estudia Producción Musical en la Universidad Nacional de las Artes de Argentina y cursa el programa de Experto Universitario en Materialismo Político en el Instituto Beatriz Galindo. Se desempeña como secretario político de Vanguardia Colombiana, donde ha publicado artículos sobre filosofía política e historia.

El racismo puede definirse, en términos generales, como la ideología o conjunto de ideologías que sostienen que la humanidad está dividida en grupos biológicos o raciales esencialmente diferentes, jerarquizables entre sí y portadores de características intelectuales, morales, culturales o políticas determinadas por su supuesta naturaleza genética. Las distintas teorías racistas, desde las formulaciones pseudocientíficas del siglo XIX hasta sus versiones contemporáneas, comparten un presupuesto fundamental: la idea de que existen “razas humanas” objetivamente delimitables y que estas diferencias biológicas explican o justifican las desigualdades sociales, culturales o políticas entre los pueblos. Mientras el racialismo es una teoría o doctrina descriptiva que sostiene que la humanidad puede dividirse en razas biológicamente distinguibles y que esas razas poseen características hereditarias relativamente estables —intelectuales, psicológicas, morales o conductuales— que las diferencian entre sí. En su formulación más básica, el racialismo no implica necesariamente que unas razas sean superiores a otras. Un racialista podría afirmar, por ejemplo, que las razas humanas existen y son diferentes, pero que ninguna es intrínsecamente superior, aunque también evitará el mestizaje sexual para preservar la “diversidad racial”. Por ende, se puede ser racialista sin ser racista pero para ser racista hay que ser primero racialista. Por eso las principales teorías racistas han sostenido tres tesis fundamentales: en primer lugar, que la especie humana está dividida en razas biológicamente distintas; en segundo lugar, que esas razas poseen características psicológicas, intelectuales o morales hereditarias que determinan el comportamiento de sus miembros; y, en tercer lugar, que dichas diferencias permiten establecer jerarquías naturales entre los distintos grupos humanos. Algunas versiones extremas del racismo han llegado incluso a sostener la existencia de grados de humanidad entre las poblaciones humanas o la superioridad intrínseca de unas sobre otras.

Sin embargo, ninguna de estas tesis encuentra respaldo en la biología. La especie humana, biológicamente hablando, constituye una única especie extraordinariamente homogénea desde el punto de vista genético. Desde las categorías escolásticas puede entenderse como un totum universale: cada miembro de la especie participa plenamente de la esencia humana. Es decir, un asiático mongol o uigur es tan humano como un africano subsahariano, un eslavo, un senegalés o un wayú colombiano. No existen grados de humanidad entre los distintos grupos humanos; nadie es más o menos humano. Esa distinción no existe sino en el plano moral o ideológico, es decir, como una mera opinión o apreciación subjetiva o subjetual. Biológica y objetivamente —objetualmente hablando— se es humano o no se es humano, sin medias tintas.

Las investigaciones genéticas modernas confirman este hecho. Más del 99,9 % del genoma humano es compartido por todos los seres humanos. Además, los estudios de genética de poblaciones han demostrado que la mayor parte de la variación genética humana se encuentra dentro de las propias poblaciones y no entre ellas. Esto es, la variedad genética existente dentro de un mismo pueblo puede ser mayor que la existente entre poblaciones diferentes, lo que no significa que todos los pueblos sean genéticamente idénticos ni que no existan diferencias poblacionales reales. Lo que significa es que dos individuos pertenecientes a un mismo grupo humano pueden diferir genéticamente entre sí tanto o más que cualquiera de ellos respecto de un individuo perteneciente a otro grupo poblacional.

De este modo, dentro de África, que es el continente con mayor diversidad genética humana. Dos personas pertenecientes al mismo “grupo racial” (según las categorías racistas tradicionales) —por ejemplo, dos africanos subsaharianos— pueden estar más alejadas genéticamente entre sí que cualquiera de ellas respecto de un europeo o un asiático.

Imaginemos los siguientes tres casos:

Juan, perteneciente al pueblo yoruba del actual Nigeria. Samuel, perteneciente al pueblo san (bosquimano) del sur de África. Li, un ciudadano de origen chino han.

Desde el punto de vista de las clasificaciones racistas tradicionales, Juan y Samuel serían simplemente “negros africanos”, mientras que Li pertenecería a una “raza” completamente distinta. Sin embargo, los estudios de genética de poblaciones muestran que los pueblos africanos presentan una enorme diversidad genética acumulada a lo largo de cientos de miles de años de evolución humana. Al punto de que la distancia genética entre un yoruba y un san puede ser mayor que la existente entre un yoruba y un chino han en numerosos marcadores genéticos neutrales.

Otro ejemplo más sencillo es el del grupo sanguíneo. Dos europeos pueden diferir más entre sí en determinados genes relacionados con el sistema inmunológico que uno de ellos respecto de un japonés. Del mismo modo, un colombiano mestizo puede compartir miles de variantes genéticas con un coreano que no comparte con otro colombiano procedente de una región distinta, o incluso presentar una mayor compatibilidad sanguínea con un hindú que con otro colombiano.

Lo importante aquí es comprender que los genes no vienen “empaquetados” en bloques raciales. No existe un “gen europeo”, un “gen africano” o un “gen asiático”. Cada población humana contiene una enorme cantidad de variación genética interna. Las características físicas que utilizamos cotidianamente para identificar el origen de una persona —como el color de la piel o la forma de los ojos— dependen de un número muy reducido de genes y constituyen una parte insignificante del conjunto del genoma humano porque son mayoritariamente causadas por las adaptaciones a las condiciones geográficas-climaticas que meramente por un esencialismo genético.

Una analogía útil es pensar en una biblioteca de tres millones de libros (aproximadamente el número de pares de bases del genoma humano). Si dos bibliotecas comparten el 99,9 % de sus libros, las diferencias que observamos externamente equivaldrían a unos pocos ejemplares distintos repartidos de formas diferentes (0.1%). Así, el hecho de que dos bibliotecas tengan las paredes pintadas del mismo color no nos dice prácticamente nada acerca del contenido de sus millones de páginas. De manera semejante, el hecho de que dos personas tengan la piel clara no implica necesariamente que sean genéticamente más parecidas entre sí que respecto de una tercera persona con la piel oscura.

Por eso, cuando los genetistas afirman que la variación genética dentro de las poblaciones suele ser mayor que entre ellas, están señalando que las categorías racialistas tradicionales agrupan como si fueran homogéneos a conjuntos humanos que, en realidad, son extraordinariamente diversos desde el punto de vista biológico. La mayor parte de las diferencias genéticas relevantes no se distribuyen siguiendo las fronteras de las supuestas “razas”, sino que se encuentran dispersas y superpuestas en toda la especie humana.

En términos científicos, todo lo dicho implica que las fronteras biológicas entre las supuestas “razas humanas” son extraordinariamente difusas y no permiten establecer categorías discretas y objetivamente delimitadas comparables a las que encontramos en algunas subespecies animales (alteradas por el hombre). La diversidad genética humana presenta un carácter continuo y gradual, resultado de miles de años de migraciones, mezclas poblacionales y adaptación ecológica. Los seres humanos nunca hemos estamos organizados en compartimentos raciales herméticamente cerrados, sino que formamos parte de un continuo biológico (en Symploké) cuya variabilidad interna es mucho mayor y más compleja de lo que las doctrinas racistas han supuesto históricamente.

Desde el punto de vista biológico, por tanto, las llamadas “razas humanas” carecen de la delimitación objetiva necesaria para fundamentar cualquier teoría que pretenda atribuir grados distintos de humanidad o superioridad natural a determinados grupos humanos. La unidad biológica de la humanidad como totalidad atributiva constituye uno de los hechos mejor establecidos de la biología moderna.

Ahora bien, aquello que tiene que ver con la cultura, la política, las costumbres e incluso determinadas adaptaciones físicas producidas por la historia evolutiva de las poblaciones humanas sí nos permite hablar de diferencias reales y objetivas. Estas diferencias no afectan a la pertenencia a la especie humana, sino a las formas históricas concretas en las que esa humanidad (o partes de ella) se organiza y desarrolla.

En este punto es útil distinguir entre distintos tipos de totalidades que existen (que ya hemos mencionado ligeramente algunas), porque el mayor error en este tema está en creer que todos los “todos” son iguales. Y no. Ya desde la antigüedad clásica se sabe bien que existen distintos tipos de totalidades; si los estudios filosóficos en nuestros países no estuviesen tan descuidados, cualquier persona que haya hecho el bachillerato debería saber estas nociones que deberían ser básicas pero que evidentemente no lo son. Esta claridad, que tiene su origen en la tradición filosófica griega clásica y que fue sistematizada con gran precisión por la escolástica medieval, la encontramos especialmente en Aristóteles, quien ya distinguía diversas formas de unidad, composición y universalidad, pero fueron los escolásticos medievales quienes desarrollaron una auténtica teoría de las totalidades (totum integrale, totum universale, totum essentiale, entre otras), mostrando que no es lo mismo un todo compuesto de partes materiales que un universal predicable de muchos individuos o una esencia compuesta de notas metafísicas; después Gustavo Bueno depuraría esas distinciones de sus elementos metafísicos idealistas y propondría su holotica o su teoría de los todos: totalidades distributivas, totalidades atributivas y totalidades mixtas.

Un cuerpo humano o un espécimen humano es una totalidad atributiva (o un totum integrale) compuesta por partes heterogéneas: un corazón, un cerebro, un sistema digestivo, etc. Pero un corazón no es un cuerpo humano, un cerebro tampoco, sino que ambos son partes funcionalmente integradas en un organismo. En una totalidad atributiva, las partes están materialmente estructuradas, conectadas y son interdependientes (lo que el materialismo filosofico llama relaciones sinequiológicas o de conexión). El todo resulta de la unión u organización física y funcional de esas partes. La humanidad, por el contrario, es biológicamente otro tipo de totalidad, llamada totalidad distributiva (o un totum universal) en la que las partes son independientes entre sí y están relativamente separadas en su existencia. Lo que las une es que todas participan de una misma esencia o clase. Así, cada espécimen es plenamente humano y participa directamente del género humano.

La forma en que se concretan estos dos tipos de totalidades, esto es, la especie humana y el espécimen humano, es distribuidos por todo el planeta, agrupado en sociedades políticas, divididos en estados, en comunidades, en familias y en distintas escalas. Cada escala es un tipo de totalidad concreta, es decir, cada caso es un caso, con varias generalidades o características genéricas generales, pero en cada escala operan lógicas e inercias inmanentes a su propia escala, que por el principio de Symploké tienen elementos en común con otras escalas, pero cada escala también tiene sus propias particularidades.

Si nos detenemos en la escala de los pueblos, que están organizados institucionalmente a través de Estados o sociedades políticas con culturas concretas; podemos decir que los seres humanos se organizan en totalidades históricas, culturales y políticas que pueden ser comprendidas desde las categorías del materialismo filosófico como totalidades distributivas, porque no existe un Estado mundial; existe un concepto de Estado, gnoseologicamente hablando, del que participan todos los Estados: no es “menos Estado” Japón por ser un Estado Pequeño que Rusia, que es un Estado gigantesco, ambos participan del género Estado, pero no son parte de un Estado mayor que los totalice o agrupe a ambos.

Por esa razón los Estados son totalidades distributivas, o en términos escolásticos totalidades integrales (que no son exactamente sinónimos sino analogos), incluso también se puede decir que son totalidades esenciales (totum essentiale), pero no en sentido metafísico sino en sentido concreto, esto significa que la unidad y totalidad política – cultural de un pueblo o una nación no es la mera yuxtaposición de sujetos aislados, sino una realidad histórica configurada por múltiples determinaciones materiales y formales. En otras palabras, esa totalidad política, es decir el Estado o la nación política, corresponde a la unión de materia y forma. No se trata de dos sustancias separadas, sino de dos principios constitutivos que se integran en un único ente. La materia sería el sustrato biológico común de la especie humana, mientras que la forma vendría dada por el clima, la geografía, el desarrollo histórico, las instituciones políticas, las tradiciones culturales, la lengua, las formas jurídicas, las técnicas productivas y las circunstancias materiales que han moldeado a un determinado pueblo a lo largo del tiempo.

Los tibetanos, por ejemplo, presentan adaptaciones genéticas que les permiten vivir a grandes altitudes con bajos niveles de oxígeno. Algunas poblaciones del África ecuatorial poseen adaptaciones relacionadas con la resistencia a determinadas enfermedades tropicales. Los pueblos árticos desarrollaron durante siglos hábitos alimentarios y adaptaciones fisiológicas particulares vinculadas a las bajas temperaturas. Ninguna de estas diferencias implica grados distintos de humanidad; simplemente muestran cómo la naturaleza-cultura humana se concreta o se determina histórica y biológicamente en circunstancias objetivamente determinadas.

La relación entre la materia y su forma puede ilustrarse con el ejemplo clásico aristotélico de una estatua de bronce. El bronce sin forma es únicamente materia (con forma de trozo de metal sólido o fundido); y la forma de caballo sin materia física es una mera abstracción mental. La estatua existe únicamente cuando ambos principios se unen sustancialmente. Del mismo modo, no existe un ser humano abstracto sin ninguna determinación configurada histórica, política, cultural, biológica y biográficamente. Por lo que no existe un ser humano abstracto sino existen humanos concretos, con una lengua, una cultura, unas creencias, unos conocimientos, etc.

Y es precisamente aquí donde aparece el peligro ideologico, filosófico y político: el de sustancializar la materia o el de sustancializar la forma.

Quienes sustancializan la materia absolutizan la biología, la sangre los genes o determinados rasgos genotípicos y fenotipicos. Quienes sustancializan la forma absolutizan la cultura, las costumbres, las creencias religiosas, los rasgos meramente fenotípicos, la lengua o las instituciones políticas como si fueran realidades independientes del sustrato biológico-natural y las condiciones geopolíticas y materiales que las producen o las hacen posibles.

Para los primeros, lo más importante es la sangre o la biología; para los segundos, la cultura o determinadas formas históricas. Los primeros caen en el mito de la raza, y los segundos en uno muy parecido, reverso estromático de aquel: el mito de la cultura. Ambos, derivados del mito de la gracia santificante medieval, que se seculariza durante el proceso de inversión teológica por el cual la biología, la física y la economía política son las disciplinas que hacen que la idea de Dios se diluya y pase de ser aquello que debe ser explicado (desde la teología y la filosofía en el medievo) a ser aquello que, secularizado, explique los fenómenos del Universo-Mundo mediante todo tipo de sustancialización o hipostasis.

Así, tanto el racismo biológico como ciertos tipos de culturalismo radical incurren en el mismo error desde posiciones inversas: El llamado racismo científico de los siglos XIX y XX constituye el mejor ejemplo. La frenología pretendía medir la inteligencia humana mediante la forma del cráneo; la craneometría llegó incluso a elaborar jerarquías raciales basadas en mediciones anatómicas completamente desacreditadas por la ciencia contemporánea. Si el tamaño o la forma del cerebro fueran suficientes para determinar la inteligencia, algunos cetáceos y elefantes serían necesariamente más inteligentes que el ser humano, lo cual resulta absurdo, aunque la mayor masa cerebral pueda contener en teoría, mayor capacidad neuronal, en la práctica no todos los cabezones son genios, ni las personas de proporciones pequeñas son tontas. Por otro lado, determinadas formas de relativismo cultural sostienen implícitamente que las identidades culturales son entidades metafísicas puras, cerradas o inconmensurables entre sí, como si flotaran en el éter o existieran independientemente de los procesos históricos, políticos, económicos, naturales y/o biológicos que las producen y transforman constantemente.

Ambas posiciones son, en el fondo, esencialismos de carácter casi teológico. Una absolutiza la materia y la otra absolutiza la forma. Dicho de otra manera, unos absolutizan el núcleo, otros absolutizan el cuerpo, fijando arbitrariamente un momento determinado del curso histórico hipostasiandolo o absolutizandolo, cuando tanto el núcleo como el cuerpo tienen cursos que se encuentran en permanente transformación. Aferrarse a ese tipo de esencialismo cultural, genético o folclórico, como si fuesen cosas estaticas o inmutables es como querer conservar una fotografía antigua, pixelada y borrosa de un ser querido y creer que esa imagen agota lo que esa persona es. La fotografía no es la persona, sino tan solo el registro de un instante transitorio de su existencia. Del mismo modo, ninguna configuración histórica o biológica concreta puede identificarse con la esencia eterna e inmutable de un pueblo, una cultura o una nación.

Lo que encontramos en la realidad realmente existente es una codeterminación permanente entre naturaleza y cultura (Bueno, 1996). La biología condiciona el desarrollo cultural y la cultura transforma constantemente las condiciones naturales y biológicas de la existencia humana. La agricultura modificó nuestra alimentación y produjo cambios genéticos relacionados con la tolerancia a la lactosa o el metabolismo del almidón; el desplazamiento a regiones con mayor exposición al sol modificó el color de la piel y la forma de los ojos; el dominio del fuego alteró nuestra anatomía digestiva; la medicina moderna ha transformado radicalmente las presiones selectivas que durante milenios actuaron sobre la especie humana. La distinción entre naturaleza y cultura resulta útil como abstracción analítica, pero ambas dimensiones nunca aparecen realmente separadas en la existencia concreta de los pueblos, del mismo modo que materia y forma siempre son conceptos conjugados (pues no existen formas sin materia ni materia sin forma); ni existe cuerpo sin núcleo ni curso, ni núcleo sin cuerpo ni curso, ni curso sin cuerpo y sin núcleo.

Decir todo esto no significa afirmar de ninguna manera que todas las culturas sean equivalentes, que todas las instituciones políticas produzcan los mismos resultados o que todas las configuraciones históricas deban ser preservadas por igual. Tampoco significa que el sustrato biológico de una nación o sus formas culturales carezcan de total importancia.

Como afirmaba Aristóteles, todo ente busca perseverar en su ser. Las sociedades políticas también tienden a conservar aquellas instituciones, tradiciones y estructuras que consideran valiosas para su continuidad histórica. Sin embargo, estas realidades no son esencias estáticas, cerradas o inmutables. La esencia histórica de una nación es una esencia ontologicamente abierta y procesual, constantemente sometida a transformaciones naturales, políticas, económicas, culturales y demográficas. Las naciones cambian, avanzan, retroceden, evolucionan, se mezclan y se reorganizan constantemente.

Es perfectamente legítimo que una sociedad política procure organizar racionalmente dichos cambios, pero pretender evitarlos o abolirlos por completo conduce inevitablemente a la frustración política y al delirio ideológico (como pasó con Nietzsche o con el pintor austriaco).

El racismo, el racialismo y el culturalismo son idealismos, y el idealismo conduce inevitablemente a la frustración porque la Historia demuestra que ningún proyecto de pureza racial o cultural ha sido capaz de impedir realmente el mestizaje, ni ninguna Civilización con verdadero impacto universal en tanto que partía de un Imperio Generador lo ha sido sin mestizaje sexual (Imperio macedonio, Roma, Imperio Español, Unión Soviética, China). Las leyes antimestizaje vigentes durante siglos en diversos estados de los Estados Unidos no eliminaron las mezclas poblacionales, aunque fueran ilegales —mediante la prohibición de matrimonios interraciales— ni tampoco el mestizaje derivado de las propias contradicciones de las sociedades esclavistas. Numerosos propietarios de esclavos mantuvieron relaciones sexuales con mujeres esclavizadas y tuvieron descendencia mestiza. El caso de Thomas Jefferson resulta paradigmático: el tercer presidente de los Estados Unidos tuvo al menos seis hijos con su esclava Sally Hemings, cuyos descendientes viven todavía en la actualidad. Y esto no fue una mera excepción histórica, sino un hecho que fue extraordinariamente frecuente en las sociedades esclavistas americanas.

Además, desde el punto de vista biológico, el aislamiento genético prolongado presenta importantes riesgos. La endogamia aumenta la probabilidad de que se manifiesten enfermedades hereditarias recesivas y reduce la diversidad genética de las poblaciones. No se trata únicamente de un fenómeno observable a nivel familiar, como ocurrió en numerosas casas reales europeas, que ofrecen ejemplos históricos de los problemas derivados de siglos de matrimonios consanguíneos, siendo particularmente conocido el caso de la dinastía de los Habsburgo. También puede producirse a nivel poblacional, cuando una comunidad permanece aislada genéticamente durante largos períodos de tiempo.

Por el contrario, el mestizaje históricamente ha producido el denominado “vigor híbrido” o heterosis, un fenómeno ampliamente documentado en biología: el aumento de la diversidad genética suele traducirse en una mayor robustez biológica de las poblaciones, una menor probabilidad de expresión de mutaciones recesivas perjudiciales y una mayor capacidad de adaptación frente a determinados cambios ambientales y epidemiológicos. Este principio puede observarse tanto en especies animales domesticadas como en numerosos procesos evolutivos naturales.

La propia historia evolutiva de nuestra especie es, en buena medida, la historia del intercambio genético entre poblaciones humanas. Las migraciones, los mestizajes y el flujo genético entre grupos diferentes han sido una constante a lo largo de la evolución humana y han contribuido decisivamente a la supervivencia y expansión del Homo sapiens por todos los continentes.

No es casualidad que las primeras organizaciones tribales humanas practicaran diversas formas de exogamia regulada. El intercambio matrimonial entre grupos diferentes permitió ampliar las alianzas políticas, evitar los problemas derivados de la consanguinidad y fortalecer la cohesión social entre comunidades vecinas. El análisis del desarrollo biológico, antropológico e histórico, demuestra que el mestizaje y la exogamia no han sido anomalías dentro de la evolución humana, sino precisamente una de las condiciones que han hecho posible el éxito evolutivo y civilizatorio de nuestra especie.

De todo lo dicho hasta aquí no se puede concluir que para el materialismo político el horizonte político deseable es el completo desorden, el cosmopolitismo abstracto o la disolución absoluta de toda identidad nacional, cultural o política mediante la mezcla indiscriminada de todos con todos. Pues abrir de par en par todas las fronteras nacionales solo va a producir desorden, graves tensiones sociales, procesos de desintegración institucional e inevitablemente la distaxia del Estado; del mismo modo que el aislamiento absoluto conduce al empobrecimiento biológico, cultural y económico.

Hay muchísimos ejemplos en la historia de los beneficios que puede producir una inmigración organizada y políticamente orientada. Los Estados Unidos se beneficiaron durante décadas de la incorporación de trabajadores, científicos e ingenieros provenientes de casi todo el mundo sobre todo tras la Segunda Guerra Mundial, muchos de los cuales desempeñaron un papel fundamental en el desarrollo de su industria tecnológica y militar. Asimismo, diversos estudios económicos muestran que la inmigración cualificada y adecuadamente integrada puede contribuir al aumento de la productividad, al rejuvenecimiento demográfico y al fortalecimiento de la nación. La clave no reside en abrir indiscriminadamente las fronteras ni en clausurarlas por completo, sino en la capacidad política para integrar y asimilar (o aculturar) flujos migratorios compatibles con la estabilidad y recurrencia de la sociedad política.

En consecuencia, tanto la obsesión por la pureza racial como la negación de toda continuidad histórica y cultural de las naciones constituyen extremos igualmente problemáticos. Una nación sana debe ser capaz de preservar aquello que considera valioso de sí misma y, al mismo tiempo, reconocer que no existen esencias puras e inamovibles sino toda identidad histórica, cultural, política o genética está necesariamente abierta a procesos permanentes de transformación.

La idea de raza es relativamente moderna. Durante la Antigüedad y gran parte de la Edad Media, las personas no se clasificaban principalmente por una supuesta raza biológica, sino por otros criterios como su pueblo, lengua, religión, ciudad o condición política y jurídica, como la clase social. Los romanos, por ejemplo, no se entendían a sí mismos como una raza. Se definían fundamentalmente por su ciudadanía y por su pertenencia al populus romanus. Lo verdaderamente importante para ellos era la ciudadanía, la lealtad al Imperio y la adopción de la cultura romana.

Por eso Roma fue una identidad principalmente política y jurídica. Un romano podía ser nacido en Hispania, Siria, África, Galia o Italia. Después del edicto de ciudadanía universal del emperador Caracalla en el año 212, prácticamente todos los hombres libres del Imperio pasaron a ser ciudadanos romano. Así, un hispano, un galo, un griego, un sirio o un norteafricano podían llegar a ser plenamente romanos, siempre que adoptaran la lengua, las instituciones y las costumbres de Roma. Esa es, quizá, la mayor forma de engrandecer a un pueblo e, incluso, de engrandecer su propia sangre y cultura: mezclarla, enriquecerla e integrarla con otras.

Por eso nuestra auténtica herencia romana es precisamente esa: romanizar a los pueblos conquistados, es decir, integrarlos mediante el derecho, la lengua, las instituciones y las costumbres. Del mismo modo que el Imperio español, del que proceden nuestros países, construyó una identidad fundamentalmente política y civilizatoria, no étnica ni racial. Ser romano o ser hispano era, ante todo, una condición política y civilizatoria.

La idea moderna de pureza racial es ajena a nuestra tradición civilizatoria y política romana e hispánica. Históricamente, las concepciones racialistas y biologicistas de la identidad nacional se desarrollaron en otros contextos históricos y filosóficos diametralmente opuestos a los que dieron origen a nuestra civilización iberófona. Mientras nuestra tradición política se caracterizó por la integración y la asimilación de pueblos diversos bajo un mismo orden político (aculturación), otras tradiciones privilegiaron concepciones más particularistas, supremacistas y excluyentes de la identidad colectiva (como las anglogermánicas protestantes). Muchas de esas categorías ideológicas con las que hoy pensamos la nación política, como la “raza”, no son originarias de nuestra tradición histórica, sino que fueron importadas desde otras cosmovisiones políticas y filosóficas externas. Pero el que sean importadas no es un problema en sí. El problema es que han contribuido más a fragmentarnos y enfrentarnos entre nosotros que en comprender nuestra propia herencia civilizatoria, causando rupturas en nuestras sociedades políticas por disputas entre sexos, etnias, razas o diferencias culturales. Por eso es que, paradójicamente, algunas de las doctrinas que hoy se presentan como defensoras de la identidad de nuestros pueblos son, precisamente, las más ajenas a la tradición política e histórica que constituyó lo que somos como Civilización.

En nuestra escuela —heredera legitima de la razón filosófica salmantina, la cual sostiene que la verdad es objetual y universalmente cognoscible por la razón humana, y que sostuvo frente a las doctrinas que negaban la plena humanidad de otros pueblos, que todos los seres humanos poseen entendimiento, alma racional y dignidad jurídica y moral— sostenemos que no existen verdades ocultas, esotéricas o reservadas para una élite intelectual, espiritual o social. Los escolásticos distinguían entre las dificultades particulares que cada persona puede encontrar para alcanzar el conocimiento y la capacidad universal del entendimiento humano para acceder a la verdad. Por ello, no hay un conocimiento supremo que, por su propia naturaleza, sea inaccesible para la mayoría de los seres humanos. Toda verdad que pueda ser conocida por un hombre es, en principio, cognoscible por cualquier otro. Las diferencias reales que encontramos entre las personas en relación con el conocimiento no son metafísicas ni raciales, sino históricas y materiales: dependen de las condiciones concretas de su desarrollo, de su alimentación, de su educación, del tiempo disponible para el estudio, de los instrumentos técnicos y culturales a los que tenga acceso y del grado de formación alcanzado. Por ello, afirmamos que cualquier ser humano posee la potencia de acceder a cualquier conocimiento, siempre que disponga de las condiciones materiales necesarias para ello. El saber no puede ser un privilegio otorgado por una supuesta superioridad innata ni una revelación reservada para unos pocos iluminados, sino el resultado de un proceso objetivo de formación y apropiación del mundo. La inteligencia humana es universal en su capacidad, aunque desigual en sus realizaciones concretas, precisamente porque los hombres nacen y viven en circunstancias materiales diferentes. Universalizar el acceso al saber implica, entonces, garantizar las condiciones que hacen posible su comprensión, pues ninguna verdad pertenece exclusivamente a una clase social o a una raza porque se construyen siempre colectivamente. La alternativa entre “pureza o disolución” es una falsa dicotomía. Si algo constituye la verdadera esencia de la Civilización Iberófona —al igual que del Imperio Romano— es precisamente el mestizaje institucionalmente compatible con el orden político; es decir, la integración racional de pueblos diversos y la asimilación cultural, filosófica, genética, política, histórica y dinámica de una pluralidad de seres humanos en una sola unidad civilizatoria.

La historia demuestra que las grandes civilizaciones no han sido aquellas que han permanecido aisladas y biológicamente homogéneas, sino las que han sido capaces de incorporar y reorganizar racionalmente la diversidad bajo un proyecto político común. De hecho, las primeras ni siquiera pueden considerarse civilizaciones. La Iberofonía es y será mestiza, o no será.

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