Padre Luis Alejandro Bazalar
(Perú) Sacerdote, de gran experiencia en Docencia y Pedagogía de la Filosofía Antigua, Medieval y Contemporánea, así como en la Historia de las Religiones. Con más de 7 años en la enseñanza privada, ha logrado liderar el área de Planificación y Estrategias Pastorales, teniendo a cargo el pastoreo y conducción de una comunidad de más de 7 mil personas, como Vicario en la Parroquia de Alcanar, en España. En España empezó la especialización de grado en Moral, a través de los estudios de Posgrado en el Instituto Juan Pablo II de Valencia.
Hay verdades que duelen porque se han querido ocultar con mitos. Yo creo profundamente que el Perú no es una nación. No lo fue nunca. Y esta afirmación no nace del desprecio, sino del amor herido por un país que lo tiene todo y ha sido incapaz de encontrarse a sí mismo. Desde nuestros orígenes, la fragmentación fue nuestra condición natural: etnias, culturas, idiomas, ecosistemas, geografías que impidieron la visión de una unidad nacional auténtica.
Las culturas preincaicas no desaparecieron: resistieron desde sus ‘guetos’ geográficos. El mayor éxito de las élites en nuestra historia no ha sido unirnos, sino dividirnos aún más en nombre de una falsa unidad. Porque no se puede dividir lo que nunca estuvo realmente unido. Lo que hicieron fue profundizar las distancias y convertir cada región del Perú en un espacio aislado, desconectado, abandonado.
Así llegamos al encuentro con España: fragmentados, enfrentados, con heridas abiertas. La Conquista fue posible no por la grandeza de los ‘invasores’, sino por nuestras propias grietas internas. ¿Cómo un puñado de españoles pudo derrotar a un imperio como el Tahuantinsuyo? Porque ese imperio ya estaba fisurado. Porque los Huancas, los Chachapoyas, los Cañaris, los Aymaras, incluso muchos quechuas, veían a la cúpula inca no como ‘hermanos’, sino como opresores.
Túpac Yupanqui, el gran conquistador del Pacífico, que llegó hasta la Polinesia, fue también un símbolo de ese imperio que intentó la unidad a través de la fuerza. Y aunque su figura representa un esplendor civilizatorio —qué duda cabe—, no logró construir una nación, sino un dominio basado en el temor: un dominio sustentado en la imposición de la quechuización en los cuatro suyos y en la firme determinación de que cada comunidad se sometiera al Inca. No obstante, también permitió que cada cultura conservara su propia religiosidad y culto particular. En palabras del gran historiador José Antonio del Busto, “fue amado y temido”, un gran reto para cualquier gobernante, ya que —si recordamos a Maquiavelo— es preferible lo segundo. ¿Tú qué opinas? La realidad material objetiva es la que siempre se impone.
La historiadora María Rostworowski fue clara:
“El Tahuantinsuyo no fue un imperio homogéneo, fue un mosaico complejo de alianzas, dominaciones y resistencias”. Hay quienes la desacreditan, sosteniendo que su análisis está sesgado y contaminado por ser hija de un polaco. ¿Acaso su madre no fue puneña? ¿No es este el argumento del resentido, del que se siente víctima donde no hay tragedia, sino solo realidad? Hay también quienes —y no son pocos— sostienen que nada de lo que conocemos es cierto porque lo escribieron los cronistas. Entonces, ¿de dónde saben estos mismos resentidos e ignorantes que no fue así, sino como ellos se lo imaginan?
Esto es precisamente lo que tanto daño le ha hecho a nuestra historia: no saber aceptar que la peruanidad solo se entiende desde el encuentro de dos culturas, de dos imperios, de dos realidades que nos configuran. Somos, ya de por sí, una nación mestiza. Y estamos llamados a seguir construyendo, con coraje y lucidez, esa patria poderosa que los 34 millones de compatriotas soñamos y merecemos.
Ahora bien, con la República, esta división no solo no se resolvió, se profundizó. Las élites limeñas criollas, herederas del poder virreynal, reemplazaron a las élites incas sin cambiar el fondo: mantener el privilegio a costa del resto del país. La burguesía moderna siguió —y sigue— haciendo que el andino, el amazónico, el provinciano, el pobre, sean vistos como “el otro”, como obstáculo, cifra, enemigo.
José Carlos Mariátegui lo vio con claridad:
“No queremos que el indio vuelva al pasado, sino que marche al porvenir… El problema del indio es el problema de la tierra, y del sistema social que lo oprime”. Creo que el problema ha sido y seguirá siendo de naturaleza económica.
Y Arguedas, desde su alma desgarrada entre dos mundos, escribió:
“Los ríos profundos de nuestra alma están llenos de amor y odio, de ternura y rabia… El Perú duele porque no se conoce a sí mismo”. Siento lo mismo.
Yo veo a mi país muy frustrado. Si bien lo tenemos todo, hemos elegido —por miedo o por comodidad— acentuar nuestras diferencias. Somos responsables: nos hemos dejado dividir, nos hemos acostumbrado a la desunión, a desconfiar del otro. Y sin embargo, también veo una luz, una posibilidad.
La geografía peruana es impresionante. Su variedad humana, un milagro. Pero el primer paso hacia la reconciliación es el reconocimiento del oprobio histórico que han vivido los pueblos andinos y amazónicos. Reconciliar no es olvidar, es hacer memoria para no repetir.
Sí, somos mestizos. Pero eso no puede significar borrar la dignidad de las raíces originarias. Ser mestizo no debe ser excusa para seguir invisibilizando al andino, al selvático, al rural, al popular.
La doctrina cristiana lo dice con contundencia:
“Todos ustedes son hermanos” (Mateo 23,8).
Pero esta enseñanza ha sido secuestrada. Desde la ‘independencia’ hasta hoy, la élite ha pervertido el cristianismo, predicando amor mientras siembra división.
Es hora de hablar claro: el Perú necesita orden, rapidez y eficacia, sí. Pero también ternura, sentimiento, reconciliación, poesía, amor verdadero por el otro. No el amor en abstracto, sino en concreto: por el campesino, por el profesor rural, por el niño asháninka, por la madre que camina horas para atenderse en un centro de salud vacío.
Fernando de Trazegnies alguna vez dijo que “el Perú es un país sin proyecto nacional”. Y Enrique Basombrío Del Busto agregó:
“No hay nación porque no hay memoria común. La historia oficial es una sucesión de conquistas de minorías sobre mayorías”.
Y sin embargo, la historia no está cerrada. Miremos a China, nación milenaria, también diversa, también atravesada por etnias, dialectos, montañas y llanuras. Pero con un proyecto de unidad, de futuro, de orgullo colectivo. No idealicemos, pero aprendamos: cuando hay claridad y decisión política, la diversidad no divide, fortalece.
El Perú no necesita más discursos vacíos ni más reformas cosméticas. Necesita coraje, cojones, valentía, como bien diría cualquier peruano de a pie. Necesita una generación que no le tema al dolor, ni a la verdad, ni a la acción radical por la justicia.
Mi visión es dolorosa, sí. Pero también esperanzada. Creo que el peruano es brillante, hábil, creativo, capaz de hazañas tecnológicas y de gestas culturales. Lo que falta es dirección, justicia, voluntad política y espiritual. Falta -como decía Porras Barrenechea- “un alma colectiva que sienta al Perú como misión, no como negocio”.
Y esa alma está naciendo. Desde abajo. Desde los pueblos que aún no han sido vencidos.


