Guantes de terciopelo frente a puños de hierro

La fabricación del ciudadano pasivo en la socialdemocracia avanzada


Jaime Díez Jaime Díez

(España) Pasó su infancia en Barcelona y se trasladó a Madrid con su familia, donde terminó sus estudios. Hispano. Miembro de las Vanguardias Iberófonas, maestro de obras, en continua formación en economía, materialismo político y análisis geopolítico.

En el eterno dilema del ser humano, el ciudadano moderno se pregunta: ¿Debo defender a una anciana de una paliza o debo esperar a que llegue la policía (y un taller de danzas por la sensibilidad)?

Estos días muchos hemos recorrido por las noticias de las corruptelas patrias como liebres en la carretera. Pero, espera. Paremos un momento. Pensemos todos un poco e imaginemos la siguiente escena: Vas viajando en un vagón del Metro, absorto en tu pantalla, cuando un hombre de mirada vidriosa empieza a repartir empujones e insultos a diestro y siniestro. La tensión sube. Alguien le pide, educadamente, que se calme. El energúmeno, entonces, elige a su presa: una señora mayor que intenta entrar en el vagón. La empuja con saña contra las puertas que se cierran, la derriba en el andén y, mientras ella yace en el suelo, le propina patadas. Usted, y otros veinte testigos, lo ven todo. ¿Qué hace? Analicémoslo concienzudamente: Si ha sido educado en los valores de la socialdemocracia avanzada, la respuesta es clara: absolutamente nada. O, en su defecto, grabar con el móvil para subirlo a redes con el hashtag #ViolenciaMachista #AsaltoEnElMetro . ¿Actuar, intervenir, defender a la indefensa? No, por Dios. Ni hablar. Eso son consejos resabios de una sociedad patriarcal, franquista y violenta. Lo civilizado, lo europeo, lo guay es ponerse unos bonitos guantes de terciopelo progre, colocarse los cascos y, a la salida, fumarse un Cohiba. Y confiar en el sistema policial, que se me olvidaba. Eso sí, leeremos que “algún policía fuera de servicio –como ocurrió realmente en la estación de Sol de Madrid, España, el 9 de diciembre de 2025– aparecerá para hacer su trabajo” ().

Mientras tanto, contemplar cómo una anciana de 80 años tiene el mal gusto de sufrir un traumatismo craneoencefálico delante nuestra (será racista la tipa) es el precio que pagamos por vivir en una sociedad pacífica y chupóptera, con miles de oportunistas, acosadores de Metro, autobuses y carreteras, que nos convierte en delicados púberes que se asustan con la sangre y adoran a los malandros.

Noticias reales, respuestas surrealistas.

Esto no es una ficción. Es el resumen de una noticia publicada en diciembre de 2025 por varios medios. Lo llamativo no fue solo la brutalidad del agresor (un hombre con múltiples antecedentes), sino el pánico y la parálisis que se apoderaron de los presentes. En los comentarios de las noticias, sin embargo, surgió un lamento revelador: “Lo que me daría una vergüenza terrible es no hacer nada”, escribía un lector. Otro añadía: “hace 30 años cualquier hombre que estuviera habría matado a puñetazos a ese malnacido”. ¡Qué barbaridad! ¿Acaso no saben que hoy, el que interviene puede ser acusado de exceso de fuerza, delito de odio, fascista francopantano? ¿Pedir que coloquen cámaras de seguridad de control ciudadano? Ni, hablar, esto no es China, un país donde la gente no es libre. España, sí es libre.

Está claro nuestro sistema político prefiere víctimas sumisas a ciudadanos valientes con un mínimo sentido de justicia real. Y los ciudadanos abocicados en el móvil ya solo esperan un karma metafísico que nunca llega.

El virus de la pasividad se expande: del Metro al autobús, al tren y a las carreteras.

Esta renuncia colectiva a la legítima defensa no se limita al suburbano. Es una pandemia que infecta todos los medios de transporte, gracias a un modelo social que premia la pasividad y criminaliza la reacción.

· En el autobús: En Córdoba, un hombre subió a un autobús de la línea 3 y, frente a la comisaría, intentó apuñalar al conductor con una navaja. El ataque, de una gravedad no vista en décadas, fue esquivado por el chófer tras una mampara. La solución que se propone no es perseguir al agresor con más contundencia, sino instalar mamparas más grandes. Es decir, blindar a los trabajadores en jaulas de cristal mientras los violentos campan a sus anchas.

· En el tren: En Barcelona, un vídeo viralizó una brutal pelea entre varios jóvenes en un tren, con forcejeos, puñetazos y hasta tijeras de por medio. La reacción de muchos pasajeros fue, de nuevo, grabar o apartarse. Las autoridades, en lugar de reconocer el problema de seguridad, pidieron “no difundir vídeos que puedan fomentar la xenofobia”. Primero la corrección política, luego la seguridad ciudadana.

La raíz del mal: la socialdemocracia como fabricante de ciudadanos de cartón piedra

Cómo hemos llegado a esta situación tan bochornosa? No hay una sola causa. Pero la socialdemocracia, en su afán por crear un paraíso terrenal de derechos y subsidios, ha realizado una ingeniería social perfecta. Ha logrado convertir al ciudadano tradicional –con sus defectos, pero con coraje y sentido de la comunidad– en un ente emasculado, sujeto hidropónico (que diría Alicia Melchor Herrera), decadente y masónico (en el sentido metafórico de pertenecer a una logia de rituales y valores abstractos, desconectados de la realidad).

Así nos encontramos con estas tipologías de seres:

1. Sujetos emasculados: Se ha demonizado cualquier muestra de masculinidad, de fuerza o defensa propia, tachándola de violencia racista, cuando no directamente de fascista. El hombre que protege a su familia es un potencial agresor; el que mira para otro lado, un ciudadano ejemplar.

2. Sujetos decadentes: Se ha sustituido el valor cívico por la “zona de comfort”. A ver niños: ¿Para qué arriesgaros a una demanda o a una puñalada si el Estado está ahí para protegerte? El resultado es una sociedad que prefiere ser espectadora de su propia degradación antes que menear un dedo.

3. Sujeto masónico: Vive en su logia, vestido de muñecote con lo último de nosequé, donde los rituales son los de la corrección política, la no confrontación y la fe absoluta en las instituciones. Cualquier tipo que se le ocurra romper el ritual (por ejemplo, defendiendo a alguien) es un hereje.

Un llamamiento a la sumisión.

En definitiva, defender a tu familia, a tus amigos o a un desconocido en apuros es un acto de gente reaccionaria y peligrosa. Es un acto que pertenece a un tiempo pasado de caballeros andantes en el que la gente asumía responsabilidades individuales y colectivas, y no esperaba que papá Estado le solucionara todo.

Pare de sufrir, tenemos la solución. Escuche bien: Lo moderno, lo progresista, lo socialdemócrata, es confiar ciegamente. Confiar en que el agresor con múltiples antecedentes sea, algún lustro de estos, reinsertado. Confiar en que la policía llegará a tiempo (a la anciana de Sol la salvó un agente fuera de servicio ¿no lo ves, incrédulo?). Confiar en que unas mamparas más gruesas nos protegerán de los cuchillos.

Mientras tanto, si un día ves a un energúmeno agrediendo a alguien en el Metro, recuerda: Tú no es un héroe. Nadie te lo ha pedido. Eres un ciudadano moderno, asentado, sin problemas, un dignísimo planchabragas. Haz el favor de sacar tu móvil y graba, denuncia en redes… y espera. Tu pasividad no es cobardía. Es la más elevada expresión de la virtud cívica en el siglo XXI.

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