Jesús D.Castillo
(México) Es escritor, obrero y empresario, además de militante de Vanguardia Mexicana. Es licenciado en Ingeniería Aeroespacial y autor de textos dedicados a la militancia de las Vanguardias Iberófonas Socialistas. Columnista en La República, donde aborda temas de política y filosofía desde una perspectiva socialista. Participa en talleres de lectura y debates filosófico-políticos, colaborando con figuras como Santiago Armesilla. Utiliza plataformas digitales para difundir ideas socialistas y fomentar el debate político.
Reflexión sobre la hispanidad y la contradicción contemporánea
Reflexión que se hacen constantemente aquellos que ven en ciertos grupos “un gran amor por la hispanidad, pero al mismo tiempo adoran al enemigo”.
Un análisis histórico y político profundo permite comprender por qué esta contradicción persiste. Si nos remontamos al siglo XVI, observamos una larga conquista integradora hispano-católica en América, África y Asia —mayormente en el continente americano— mientras Europa vivía sus propias tensiones. La mayor de ellas: el conflicto entre el seno protestante de Lutero y la Contrarreforma católica de Carlos V y Felipe II.
Es decir, una lucha civilizatoria entre la facción hispano-católica universal y el luteranismo protestante germánico. Poco después, Enrique VIII rompe con Roma, despreciando a Catalina de Aragón, “una mujer admirable, hispano-católica y universal”, hija de los Reyes Católicos. Este monarca inglés, en abierta oposición al catolicismo, funda la iglesia anglicana, mientras Juan Calvino profundiza la ruptura añadiendo el elemento de la predestinación.
De ahí surge el puritanismo, que se instala posteriormente en las trece colonias inglesas, es decir, el seno originario del angloamericanismo.
No se puede simplificar el proceso —sería reduccionista—, pero sí sintetizarlo: “el mundo anglosajón se construye contra la hispanidad”. Nace del seno de Sajonia, Lutero, el anglicanismo, el calvinismo y el puritanismo, todos ellos erigidos en oposición a la hispano-catolicidad universal.
Y la pregunta inevitable es: ¿Hoy?
Caído y balcanizado el Imperio Español, la descomposición no se detuvo. Las guerras internas en los países iberoamericanos, y en general en toda la Iberofonía —la península ibérica, la ibero-África, Filipinas y los territorios de Felipe II—, son testimonio de ello.
Basta observar a México, un país “mutilado, humillado y subordinado”, con un potencial extraordinario pero reducido a ser “el mejor socio comercial” —como dice Santiago Armesilla (2025)—, una forma elegante de comprar pan para hoy y hambre para mañana.
Un “cuerpo político vasallo”, con pocas excepciones, que vive pensando que “está mejor con Estados Unidos que sin él”, una forma de subordinación increíble, el reflejo de amar al que te está matando.
Y surge la pregunta esencial:
¿Qué cuerpo —humano, animal, diplomático, económico o político— puede funcionar adecuadamente, no digamos competir, sino simplemente andar, con menos de la mitad de su cuerpo?
¿No le faltan a México sus hermanos centroamericanos?
¿No le faltan sus hermanos del norte, arrebatados en el siglo XIX?
¿Qué sería de México con su cuerpo completo?
La continuación del desmembramiento de la hispanidad sigue presente, más viva que nunca. Hoy, con la dialéctica de clases, Estados e imperios como motor de la historia, una República Popular China en ascenso desafía a Estados Unidos, no con poder militar al estilo anglosajón, sino elevando el umbral de poder, como señala Marcelo Gullo (2008).
Entonces, surgen nuevas preguntas:
¿Se juega Estados Unidos su existencia más que nunca?
¿Será hoy la subordinación más evidente de Iberoamérica a los intereses estadounidenses?
¿Puede sobrevivir Estados Unidos sin explotar los recursos de Iberoamérica?
Como bien dice Alfredo Jalife, “a México no lo dejan caer, pero tampoco lo dejan levantarse”.
De aquí se desprende una conclusión inquietante: Estados Unidos se juega su supervivencia construyéndose siempre contra la hispanidad. No importa si su líder político es católico, habla español o se dice guadalupano; en última instancia, responderá a los intereses políticos del imperio estadounidense.
Y caben otras preguntas:
¿Qué saben el secretario de Estado o el vicepresidente de Estados Unidos sobre México y la hispanidad?
¿Cuándo han conversado con alguien del México profundo?
Lo realmente sorprendente —y aterrador— es que probablemente sepan más de México que muchos mexicanos.
Por eso, por más que la agenda de Donald Trump se alinee con ciertos valores hispano-católicos, “fue, es y será nuestro enemigo”. No se puede olvidar que el supremacismo blanco (WASP) —del cual Trump forma parte— transpira un odio profundo hacia todo lo que huela a español o mexicano.
El presidente de la unión es descendiente de un inmigrante germánico, cerrando así el círculo iniciado con Lutero y el protestantismo. Y como diría la tradición hispánica, “nosotros, descendientes de Felipe II el Grande, sabemos bien quién es nuestro enemigo: la angloesfera.”
“Parte esencial de la insubordinación ideológica y cultural es saber quién es tu enemigo.”
— Marcelo Gullo
Nota: Escribo lo anterior con mucho cariño pero también con la fuerza suficiente para que se entienda el mensaje.


