El entronismo “decolonial” debe ser expulsado del chavismo

Cómo la guerra cultural penetró el núcleo de la Revolución Bolivariana


Alejandro Montiel Alejandro Montiel

(Venezuela) Profesor de la cátedra Pensamiento Político Venezolano y Latinoamericano en la Universidad Rafael María Baralt (Maracaibo, estado Zulia); activista de Vanguardia Venezuela; promotor y difusor del Materialismo Político; ha ocupado la gerencia de Gestión Comunicacional en la Comisión Nacional de Telecomunicaciones; jefe de prensa en la Oficina de Comunicaciones del Palacio de Miraflores; primer secretario en la embajada de Venezuela en la República del Paraguay y agregado de prensa en la embajada venezolana en la República de Panamá.

Estados Unidos ha dado un golpe certero y brutal, pero hay que aclarar que el bloque anglosionista jamás hubiera logrado tal objetivo de no haber trabajado durante años el manejo mental y cognitivo de lo que hasta ahora había sido un rival formidable: el pueblo chavista en pie de lucha, dispuesto a vencer o morir.

Ese chavismo victorioso, combatiente y rebelde ha sido penetrado minuciosamente por un aparato ideológico y manipulador originado en el mismísimo imperio estadounidense.

Esta corriente hegemónica de pensamiento se entroniza en algunos dirigentes luego de la desaparición física del Comandante Hugo Chávez; pero también, una vez fallecido el marxista Alí Rodriguez Araque. Ambos adversarios declarados de lo que el primero llamaba izquierda gatopardiana, esa que por “mas que se tongoneara siempre se le ve el bojote”.

Tanto Chávez como Rodríguez Araque repudiaban a esta izquierda sorosiana; si hacemos un ejercicio dialéctico podemos deducir que jamás hubieran confiado en el petrismo colombiano, ni en la falsedad de Morena, o el estafador político que es Boric. Incluso, Chávez en su momento se sacudió a los otanistas de Podemos.

La ausencia de estos insignes venezolanos permitió el regreso de figuras afines a esa izquierda enmascarada que ahora sí pudo traer a sus intelectuales orgánicos para propagar basura ideológica. Esto a cargo de la corriente autodenominada “decolonial”, pero que no es otra cosa que un instrumento de dominio cognitivo al servicio del capital.

¿Cómo una línea de pensamiento estadounidense que se presenta decolonial y antimperialista logra permear al chavismo?. La respuesta la da el filósofo venezolano Ludovico Silva, un estudioso de la obra de Carlos Marx que criticó el enfoque estructuralista del marxismo, pero fue igual de contundente contra los manuales soviéticos. (De hecho, en este particular, su apego científico lo convierte en un profeta de la caída de aquel bloque civilizatorio).

Un escudriñoso estudio a la obra de Marx, permitió al teórico caraqueño  vislumbrar que desde las universidades estadounidenses vendría el engaño y la basura ideológica en procura de captar incautos. Desde su conceptualización de la Plusvalía Ideológica señaló sobre interpretaciones parcializadas de la visión materialista de la historia con la intención de imponer posturas idealizadas, y al fin de cuentas liberales; tal y como lo es la corriente “decolonial” que hoy tratamos.

Ludovico explicó en su momento que los profesores estadounidenses aprovecharon esas tendencias interpretadas del marxismo:

«Engels, sin quererlo, transformó a Marx en un vetusto filósofo. Lo hizo portador de un “sistema”. Lo legó así a las nuevas generaciones comunistas que lo aceptaron como un maestro. Les hizo creer que Marx era un filósofo, un redentor de este mundo, un visionario ebrio de sagradas palabras. Y así lo creyeron, y lo siguen creyendo. Y así los obligan a creer en Marx como se cree en Santa Catalina. Ello significa un triunfo de la ideología sobre la ciencia. Los marxistas “creyentes” no tienen verdadera razón para enfadarse cuando los doctores de las universidades norteamericanas califican a Marx de “ideólogo”. Estos doctores mas atentos a los marxistas que al propio Marx, saben muy bien aprovechar la oportunidad puesto que, en efecto, Marx ha sido convertido en pura ideología».

Ludovico supo ver con claridad la conformación de un entramado ideológico destinado al engaño y la manipulación; y así surge esta corriente “decolonial” que se vale de la angustia y el sufrir de los pueblos subyugados por ese mismo imperio que les financia su academia y ofrece estos “pensadores”: propagadores de chalatanería vacía, fracaso político, atraso, victimismo y otras hierbas inútiles a la lucha popular.

Dussel, en Harvard; Grosfougel, California; Quijano, en Bighamthon; Mignolo en Duke; Walsh, Massachusetts, etc. Desde la Norteamérica anglosajona surgió este tanque de pensamiento que se plegó al trabajo del sociólogo Inmanuel Wallerstein, con propuestas sobre el funcionamiento del “sistema mundo” que muchas veces niegan la realidad y la historia de los pueblos de la Patria Grande.

Este grupo que se autodenomina académico ya una vez intentó alterar la realidad venezolana cuando en el año 1999, “asesoró” a algunos constituyentes para tratar de colar en el articulado de la Constitución Bolivariana ideas autonomistas y disgregadoras partiendo de supuestos “derechos” territoriales y de gobernanza de los pueblos indígenas. En aquel momento la contundencia en los debates por parte de constituyentes nacionalistas (entre ellos Luis Vallenilla y Francisco Visconti) paró aquel bodrio que buscaba dividir la nación diferenciando a unos venezolanos de otros. Los constituyentes patriotas rebotaron aquella intromisión “decolonial” con una premisa sólida y determinante del concepto positivista de lo nacional, muy apegados a ideales venezolanistas como los de Augusto Mijares o Arturo Uslar Pietri.

En la actual coyuntura el pueblo patriota debe encarar a los vende humo de la “decolonialidad”, como lo haría Ludovico Silva: con metodología y dialéctica. Estudiantes y dirigentes han de tener claro que estos engañadores de oficio ejecutan un plan con la finalidad última de frenar la lucha de los trabajadores. Ellos quieren hacer del pueblo un chivo manso; pero la continuidad de Revolución, y la existencia de la República, obligan a que el pueblo venezolano sea como un pez reventador de atarrayas, y para eso es urgente deslastrarse de esa falsa izquierda que reniega de la trascendencia histórica.

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