El relato histórico dominante suele presentar a conservadores y liberales como adversarios con ideologías “opuestas”. Sin embargo, esta distinción es tan engañosa como afirmar que el marxismo y el maoísmo eran antagónicos, como si los maoístas no fueran marxistas; o como plantear una dicotomía entre “ser cristiano” y “ser ortodoxo”, como si estos últimos no fueran también una rama del cristianismo.
No se trata de negar de manera simplista las particularidades del maoísmo ni las diferencias entre el catolicismo y la ortodoxia, sino de señalar que sus diferencias son, ante todo, de forma y no de fondo: Los unos son esencialmente tan socialistas como los otros son cristianos.
Lo mismo ocurre con conservadores y liberales, más allá de algunos matices y disputas, ambos han sido, en lo fundamental, liberales que se distinguen apenas por diferencias superficiales.
El llamado partido “conservador” no ha sido más que una variante —moderada o autoritaria— del liberalismo. Su oposición a los liberales siempre fue en realidad una disputa en la forma; mientras que su acuerdo en el fondo ha sido casi absoluto.
Su núcleo común se sustenta en tres pilares ontológicos y económicos que ambos bandos comparten:
- La defensa absoluta —o casi absoluta— de la propiedad burguesa como fundamento del orden social.
- La primacía de los derechos individuales sobre los derechos colectivos.
- El fundamentalismo del libre cambio como dogma económico (con más o menos matices).
Las diferencias —centralismo vs. federalismo, educación católica vs. laica— son meras disputas periféricas: cambios de forma que no cuestionan la base o estructura económica sobre la que se asienta la sociedad liberal burguesa y su superestructura ideológico-institucional.
La historia de Colombia es un claro ejemplo de esta simbiosis. El Partido Conservador fue fundado por liberales en 1849, como respuesta a la creación del Partido Liberal con cuyos dirigentes tenían diferencias metodológicas. Sus fundadores, Mariano Ospina Rodríguez y José Eusebio Caro, provenían de una facción del liberalismo llamada los “Ministeriales”, denominados “retrógrados” por los “progresistas”. No eran antiliberales; eran liberales que privilegiaban el orden centralista y el rol de la Iglesia católica dentro del marco de la propiedad burguesa y el libre cambio. Por esta razón será común encontrar, a lo largo de la historia, conservadores que se hacían liberales (como Tomás Cipriano de Mosquera) y liberales que se cambiaban al bando conservador (como Rafael Núñez) porque, en esencia, era lo mismo.
La primera gran prueba de la alianza esencial entre estas dos facciones de una misma ideología se dio en 1854, con el golpe del general José María Melo quien apoyado por el gremio de los artesanos arruinados por las políticas librecambistas impuestas desde el gobierno de José Hilario López —que priorizaban el comercio internacional sobre la producción local—, intentó impulsar un proyecto proteccionista que respaldara la industria nacional. La reacción fue inmediata y unánime: liberales y conservadores se aliaron para derrocar a quien osaba desafiar el dogma económico compartido. Así, el “fondo” liberal —su estructura económica— prevaleció sobre la “forma” de su disputa partidista —la superestructura ideológico-institucional—.
Veremos cómo este patrón se repite. A mediados del siglo XX, Laureano Gómez, un conservador crítico tanto del socialismo como de la democracia liberal y del librecambio absoluto, intentó un proyecto de Estado —influenciado por el corporativismo de Franco y Salazar— que implementaba medidas proteccionistas y una reforma social orgánica. Una vez más, la alianza liberal-conservadora no se hizo esperar: en 1953, con el beneplácito de ambos partidos, el general Gustavo Rojas Pinilla dio un golpe de Estado. Irónicamente, cuando Rojas Pinilla, inspirado en Perón, comenzó a aplicar políticas proteccionistas orientadas a la industrialización nacional, la misma alianza de liberales y conservadores lo derrocó en 1957. De esta maniobra nació el Frente Nacional, la institucionalización definitiva de esa hegemonía bipartidista: un pacto de alternancia en el poder entre “conservadores” y liberales que garantizaba que los tres pilares de la estructura económica liberal nunca fueran cuestionados.
En la Colombia reciente, la feroz oposición de los partidos Liberal y Conservador —hoy aglutinados mayoritariamente alrededor del uribismo— al gobierno de Gustavo Petro, a quien acusan de “socialista”, representa un nuevo capítulo. No obstante, Petro, a pesar de ser el mandatario menos librecambista —más en el discurso que en los hechos— de la historia reciente, también es un defensor a ultranza de los derechos individuales que no ha tocado la propiedad burguesa de los medios de producción. Precisamente por ello, ha logrado el respaldo de sectores liberales y conservadores, tanto en su agenda legislativa como, en menor medida, dentro del poder ejecutivo.
Este fenómeno no es exclusivo de Colombia. En toda la iberofonía encontramos casos más o menos homologables. En Argentina, la alianza entre sectores liberales y conservadores —aglutinados en Juntos por el Cambio— contra el peronismo, que históricamente ha tenido un componente industrialista y proteccionista, es estructural. Recientemente, ante el gobierno de Javier Milei, un liberal radical, muchos “conservadores” han subordinado sus matices culturales —como su postura frente a la ideología de género, que Milei defiende— para respaldar su proyecto económico ultraliberal, lo cual confirma que ese es el núcleo de su acuerdo.
En España, durante la Restauración (finales del siglo XIX – principios del siglo XX), existió el turno pacífico: una alternancia pactada entre conservadores y liberales —Cánovas y Sagasta—, controlada por caciques y diseñada para mantener el orden monárquico y las reglas de las élites (propiedad burguesa y la estabilidad para los capitales). Posteriormente, el bipartidismo entre el Partido Popular (“conservador”) y el PSOE (social-liberal) ha funcionado durante décadas como dique de contención contra las fuerzas que cuestionen la base económica de la Constitución del 78. Su rápida alianza para frenar propuestas de cambio profundo responde a la misma lógica: la defensa del régimen liberal-burgués frente a alternativas que se le opongan.
Por tanto, el título de este artículo se confirma: la distinción entre liberales y conservadores es una mera apariencia necesaria para la gestión del poder. Los mal llamados “conservadores” son el ala moderada o autoritaria —y más católica— que proporciona estabilidad y tradición a un orden que es, en esencia, liberal. Su función es la de un liberalismo no declarado, siempre listo para emerger y aliarse con su “enemigo” en cuanto el proyecto común —la sociedad burguesa de propietarios y desposeídos, el librecambismo— se vea amenazado.
Por eso debemos tener bien claro que la causa de que nuestros países sean lo que son al día de hoy es del liberalismo, que fue revolucionario en su momento (en lo económico) y lo sigue siendo al día de hoy (aunque solo en lo social) pues tiene la capacidad de revolucionarse constantemente: todo lo sagrado lo profana, todo lo mercantiliza, todo lo sólido lo desvanece en el aire, con la capacidad de mutar constantemente, cambiarse el nombre, los colores y aparecer cada nueva generación con un disfraz distinto prometiendo más libertades individuales y más liberalismo para “solucionar” los problemas que el mismo liberalismo ha venido causando durante estos doscientos años, reduciendo nuestros países a meros exportadores de materias primas y servicios, dependientes del turismo, carentes de industria nacional, condenados al subdesarrollo y culpando de todo eso al socialismo.
Así, ha ostentado la hegemonía en la vida republicana de la iberofonía. Su sumisión a intereses anglosajones —primero británicos, luego estadounidenses— no es solo una traición a la patria, sino la consecuencia lógica de un proyecto de clase que necesita el librecambismo, la individualización, la globalización y dicha sumisión a la potencia de turno para perpetuarse. Conservadores y progresistas son, en definitiva, dos caras de una misma moneda que paga en la misma divisa: una misma ideología que se disfraza y cambia de color constantemente, y que tolera cualquier “herejía” excepto aquella que cuestiona sus fundamentos económicos.

