Vladimir Boroa
(Chile) Vladimir Boroa es escritor, poeta y profesor de Lengua y Literatura de Chile. Titulado en la Universidad de Playa Ancha. Ha publicado dos libros de poesía: Escatología, poemas para un holocausto nuclear (2020) y Herrumbre o Del nacer (2024). Forma parte de Vanguardia Comunista de Chile desde 2021, donde ha colaborado en la redacción de efemérides y en la elaboración del programa político.
El resultado de las pasadas elecciones presidenciales de Brasil en las que Lula se impuso a Bolsonaro hijo debe interpretarse desde un punto de vista pragmático, ya que el panorama no es tan alentador como el sector de la izquierda indefinida intenta hacerlo ver. Triunfo o resistencia son enunciados que deben someterse a análisis. Por ahora, el término adecuado no se compone ni de palabras ni de letras, sino que una silenciosa sucesión de tres puntos suspensivos.
En una reciente entrevista concedida a Diego Ruzzarin, Gustavo Petro, expresidente de Colombia y figura representativa de la centroizquierda colombiana y americana, declaró que «no puede existir una revolución desde la voluntad de un mandatario, debe ser el pueblo quien ejerza la revolución». Esto es una verdad que ciertos portavoces supuestamente revolucionarios deberían asir como bandera y condición antes de pronunciar siquiera la palabra revolución en las redes sociales. Y es que creer que en una democracia liberal y burguesa el pueblo trabajador debe celebrar un triunfo presidencial o al menos aliviarse de que un supuesto fascismo no ha pintado todo el continente de azul, es propio de una inocencia superlativa. Con todos sus contras, el ex mandatario de Colombia entiende, por lo menos, que debe existir cierta condición material para llevar a cabo una transformación radical.
Todo gobierno de turno en una democracia liberal se encarga de dar continuidad a los planes y programas de la clase burguesa. La diferencia es que las llamadas derechas son profundamente más radicales en mostrar el sistema tal cual es, en su defensa explícita de la propiedad privada, en la coerción estatal y en la legitimación de las desigualdades, mientras que las llamadas izquierdas suelen maquillar estas realidades, sustituyendo cambios radicales por migajas de bienestar. En palabras de Stalin adaptadas al concepto actual iberófono, podríamos decir que «ambas son peores».
En esta línea, es preciso mencionar que, de hecho, uno de los mayores problemas a la hora de avanzar como movimiento comunista es la gran confusión entre izquierda electoral y clase trabajadora. La primera es agente del modelo burgués, que enmascara de manera oportunista sus proyectos necesariamente alineados con la burguesía; y aunque pueda representar una coyuntura frente a los sectores reaccionarios, no deja de estar condicionada por las relaciones que sostienen dicho orden. La segunda, por desgracia, no conforma una fuerza realmente revolucionaria: además de estar sometida a explotación laboral, asediada por el empresariado y el lumpen, y con el miedo constante a la cesantía, está confundida, despolitizada y con frecuencia preocupada en pequeñas luchas parceladas que no son capaces de superar el paradigma que las produce.
Estas confusiones de la clase obrera no pueden entenderse fuera de su contexto histórico y geográfico. Estamos en América, y los términos derecha o izquierda tienen un significado político concreto, sobre todo para las personas de a pie. Y es que el contexto lingüístico y político de una sociedad no se borra de un plumazo. Este responde a una historia, a determinadas luchas y a la forma en que los sujetos actúan dentro de estas categorías. Pero son estas mismas categorías las que generan una falsa equivalencia de clase, generando problemas de identificación. Es entonces cuando la masa trabajadora se identifica con la izquierda electoral y la considera un aliado, e incluso una figura paternalista, pero nunca una opción táctica para organizar estratégicamente a la clase obrera. Por tanto, las categorías mismas que permiten esclarecer la disputa política concreta terminan ocultando la contradicción entre los encargados de administrar el orden político realmente existente y quienes podrían transformarlo.
Sin embargo, no se debe caer en el nihilismo electoral. La participación política es una herramienta, y como toda herramienta, puede usarse para construir, o para destruir. Las elecciones son importantes, hasta cierto punto, pero no son suficientes. Y el presunto triunfo de Lula da Silva no es motivo de celebración o alivio para la clase asalariada americana. Es apenas una bocanada de aire en medio de un océano en el cual los tiburones oportunistas ganan terreno.
Reconocer las limitaciones de las categorías políticas no significa precisamente desconocer su utilidad en pos de interpretar los hechos. Si algo demuestra el resultado brasileño es que inclusive dentro del tablero de la democracia liberal, ambos sectores (derecha-izquierda) poseen una importancia política concreta, y el marxismo no puede darse el lujo de cometer el error de despreciar dicha disputa solo porque esta se desenvuelve dentro de las instituciones y de los procesos burgueses.
Lo sucedido en Brasil puede analizarse concluyentemente de un modo ingenuo y de un modo materialista. Desde el modo ingenuo surge la conclusión de que Brasil es un faro de resistencia. Esta es una postura que trata de vender ambas izquierdas: la izquierda política, preocupada de ganar escaños, figurar performativamente como aliados de las disidencias controladas de moda y luchar contra los molinos del fascismo a proponer soluciones realmente revolucionarias; y la izquierda trabajadora, aquellos que no configuran parte de la política administrativa, pero tampoco son una superficie sólida en la cual edificar un nuevo orden.
Desde el materialismo, no es posible calificar la elección como signo de esperanza obrera, pero tampoco como un hecho baladí: este resultado, si bien insuficiente y acaso engañoso nos muestra dos cosas: la nueva ultraderecha respaldada por los ciberdiscursos anticomunistas y su ejército algorítmico en las plataformas digitales que parecen invencibles sí pueden derrotarse; es decir, a pesar de que en los últimos años la democracia se haya visto contaminada de posverdad digital reaccionaria, la realidad material y la política siguen existiendo al margen de las pantallas, aunque se quiera convertir las relaciones políticas de la viralidad algorítmica en la más eficiente forma de hacer campaña, las contradicciones de clase no pueden desaparecer por un enunciado viral de desinformación.
Algo también revelador es la manera en que se han unido los países de América por la «causa Lula» o la «causa Bolsonaro hijo». El diálogo y la dialéctica política trascienden las fronteras de los países del continente, evidenciando que lo que sucede en un país repercute en cada rincón de la patria grande. El hecho de que los ojos de América hayan estado puestos en Brasil revela una verdad continental, una que dice que en este proceso se proyectan las disputas políticas del continente, las cuales son disputas compartidas y comunes, y aunque estrechen o tensiones las relaciones políticas, resignifican la unión, aunque no de clase, sí de los países del territorio. Este hecho permite reconocer a la verdadera América como una entidad histórica que a pesar del despojo y el ultraje se sigue pensando a sí misma como un solo cuerpo. Y aunque los países que la componen no conforman una unidad política homogénea y tengan sus propias particularidades, sus procesos históricos y políticos son vinculantes entre sí, en torno a los cuales se reúnen sus diversas comunidades más allá de las fronteras. En este proceso, la propia América discutió fuera de las fronteras de Brasil, y aún con todas nuestras contradicciones ideológicas, esta discusión nos debería hacer pensar en la gran pérdida de tiempo que representa la fragmentación continental para los trabajadores de nuestras repúblicas, que no han sabido ser otra cosa más que piezas útiles de las hegemonías de turno. Ni Brasil depende solamente de Brasil, ni Hispanoamérica depende solo de sí misma.
Entonces, ¿la presidencia de Lula significa que estamos frente a una reorganización de las fuerzas obreras? La pregunta es obvia: para nada. Ni mucho menos estamos en una condición continental para ejercer una revolución y transformar a los trabajadores de una clase en sí en una clase para sí, en absoluto. El congreso brasileño sigue siendo por mayoría contrario a los postulados del P.T. y a la figura de Lula. El triunfo de este último es apenas un resultado inesperado y un motivo por el cual el poder burgués gestionará nuevas formas de perfeccionarse, mientras las clases trabajadoras siguen disueltas en discursos que no incomodan a los dueños de sus vidas. Una cosa es que millones de personas voten por un candidato determinado que se presenta como alternativa a la llamada derecha, y otra muy distinta es que esas mismas personas constituyan una fuerza política organizada de vanguardia, consciente de sus intereses históricos, capaz de intervenir en las relaciones sociales dominantes, y que esté dispuesta a cambiar las condiciones de clase, elevando a los trabajadores a la categoría de clase nacional y de sujeto histórico.
Por ahora, me limito a ser el aguafiestas, el que escupe el asado, el que pincha los globos de la celebración, el memento mori en el oído de César luego de la victoria. Triunfo no. Resistencia tampoco. Simplemente tres puntos suspensivos. Una derrota pendiente. Es por eso que urge la necesidad de una organización obrera de carácter continental bajo la lupa del materialismo político y el marxismo. De otra forma, estamos condenados a seguir en esta lucha abstracta de derechas e izquierdas en el mismo sistema que las nutre, siendo países sin más relevancia que la de ser exportadora de materias primas, sin intervención en los liderazgos mundiales, ni soberanía alguna de nuestro territorio. ¿No será mucho ya este largo sueño de doscientos años?


