Chile acelera su construcción naval y refuerza capacidades anfibias en el Pacífico sur

La Armada incorpora nuevas barcazas mientras avanza el programa estratégico Escotillón IV


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Equipo de edición de La Iberofonía, medio de comunicación del Ateneo Iberófono Juan Latino.

La entrega oficial de las barcazas de desembarco “Selknam” y “Manutara” vuelve a abrir una pregunta cada vez más presente en el ámbito militar sudamericano: ¿Chile se está rearmando? La respuesta depende de cómo se interprete el proceso. Lo que sí resulta evidente es que Santiago está impulsando desde hace años una modernización sostenida de su capacidad naval, logística e industrial, especialmente orientada al control del litoral, la proyección antártica y las operaciones anfibias.

Las dos nuevas unidades fueron entregadas a la Armada de Chile en las instalaciones de Astilleros y Servicios Navales (ASENAV), en Valdivia, como parte del Proyecto Escotillón IV, uno de los programas más importantes del actual ciclo de renovación naval chileno. La ceremonia reunió a autoridades regionales, representantes de la Armada y directivos del sector naval estatal y privado.

Aunque se trata de embarcaciones relativamente pequeñas, su importancia estratégica es mayor de lo que aparenta. Las barcazas tipo LCM están diseñadas para transportar tropas, vehículos y carga pesada desde buques mayores hasta playas o zonas costeras sin infraestructura portuaria. Son piezas fundamentales para operaciones anfibias, despliegues rápidos, logística militar y apoyo en catástrofes naturales.

Las nuevas unidades operarán junto a los futuros buques multipropósito LSD “Magallanes” y LSD “Rapa Nui”, actualmente en construcción dentro del plan naval chileno. El “Magallanes”, cuya botadura está prevista para este 2026, representa uno de los proyectos más ambiciosos de la industria militar chilena reciente. Su función será actuar como plataforma logística y anfibia capaz de desplegar tropas, vehículos y medios navales menores.

Las barcazas construidas por ASENAV tienen una eslora cercana a los 20 metros y pueden transportar hasta 30 toneladas de carga, incluidos vehículos militares. Gracias a su bajo calado pueden operar en aguas muy poco profundas, algo especialmente útil en el extenso litoral chileno y en escenarios complejos del Pacífico sur.

Más allá del aspecto técnico, el programa refleja un objetivo político e industrial de largo plazo: aumentar la autonomía estratégica de Chile en materia naval. El país lleva años impulsando una política de construcción naval nacional basada en la cooperación entre la empresa estatal ASMAR y astilleros privados como ASENAV. El objetivo no es únicamente renovar la flota, sino desarrollar capacidad tecnológica, empleo especializado y una industria propia con continuidad.

En ese sentido, el Proyecto Escotillón IV no aparece aislado. Chile ya había modernizado parte de su aviación militar, reforzado capacidades antárticas y actualizado medios terrestres y marítimos en los últimos años. La diferencia es que ahora el énfasis parece centrarse en la logística naval y la capacidad de despliegue.

Esto ocurre en un contexto regional relativamente estable, pero marcado por varios factores estratégicos: la creciente importancia de la Antártida, el control de rutas marítimas del Pacífico, la protección de infraestructuras críticas y la competencia internacional por recursos naturales y espacios oceánicos.

Chile posee una de las costas más extensas del mundo y mantiene intereses permanentes en el extremo sur del continente y en la proyección hacia la Antártida. Desde la perspectiva militar chilena, disponer de capacidad anfibia y logística no se interpreta únicamente como una herramienta de combate, sino también como un instrumento de soberanía, apoyo humanitario y presencia estratégica.

Aun así, la pregunta sobre un posible rearme no desaparece. En Sudamérica, cualquier modernización militar relevante suele generar atención regional, especialmente cuando implica nuevos buques, aviación o sistemas de despliegue. La diferencia en el caso chileno es que Santiago insiste en presentar estos programas como parte de una planificación industrial de largo plazo y no como respuesta inmediata a una amenaza concreta.

La construcción naval se ha convertido además en un elemento económico relevante. Desde Valdivia hasta Talcahuano, la industria marítima chilena intenta consolidar una cadena de producción nacional capaz de reducir dependencia exterior y mantener capacidades técnicas propias. La rapidez con la que avanzó la construcción de las dos barcazas —menos de un año entre la colocación de la quilla y las pruebas de mar— es presentada por el sector como una demostración de eficiencia industrial.

En términos geopolíticos, Chile parece estar siguiendo una estrategia silenciosa pero constante: fortalecer capacidades sin convertir cada incorporación militar en una exhibición política. No hay grandes anuncios doctrinales ni discursos de confrontación regional, pero sí una acumulación gradual de infraestructura, tecnología y medios navales.

Las “Selknam” y “Manutara” no cambian por sí solas el equilibrio militar sudamericano. Sin embargo, forman parte de un proceso más amplio mediante el cual Chile busca mantener una Armada moderna, operativa y capaz de actuar en escenarios marítimos complejos del Pacífico y del extremo austral.

La cuestión ya no es únicamente si Chile compra más material militar, sino si está construyendo una capacidad industrial y estratégica capaz de sostener durante décadas una autonomía naval propia. Y la respuesta, cada vez más, parece ser afirmativa.

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