Soberanía tecnológica con Ñ

Por Gilberto Nájera


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Equipo de edición de La Iberofonía, medio de comunicación del Ateneo Iberófono Juan Latino.

En La Iberofonía queremos agradecer a Gilberto Nájera la confianza depositadas en nuestro medio al enviarnos este artículo para su publicación. Creemos que textos como este contribuyen a abrir debates necesarios sobre tecnología, soberanía, inteligencia artificial y el futuro de nuestras sociedades iberófonas.

Hace unos días, la cuenta oficial de la compañía Palantir publicó un resumen en 22 puntos del libro de su actual director ejecutivo (CEO), Alex Karp, a manera de manifiesto . De entre los muchos desvaríos grandilocuentes de este «manifiesto», el punto 12 se relaciona con algo en lo que yo he venido pensando desde hace unos meses, con muchos más asegunes, por supuesto.

Palantir asegura que la era atómica está acabando y que comienza la era de la inteligencia artificial, queriendo decir con esto que las armas nucleares dejarán de ser el poder disuasivo por excelencia para dejar paso a armas potenciadas por IA. Yo creo que, por mucho que avance la tecnología, el poder de reducir a cenizas una ciudad entera de un solo impacto y desencadenar la extinción de la vida en el planeta seguirá siendo un disuasor poderoso; pero no es ese el punto.

La guerra de EE. UU. con Irán nos ha mostrado que, si bien tener armas nucleares funciona para desincentivar ataques en tu territorio, no te garantiza en absoluto la supremacía militar, incluso contra potencias menores. Por el contrario, un correcto manejo de tus fortalezas geográficas y políticas, el adecuado manejo de la propaganda y, sobre todo, una tecnología propia, comparativamente de bajo costo, aunque no por eso poco peligrosa, pueden resultar un factor decisivo para evitar la aniquilación de un país y obligar a sus adversarios a repensar la relación costo-beneficio de continuar atacándolo. Lo cual, dadas las circunstancias, es una victoria en sí misma.

Corea del Norte, probablemente uno de los países más aislados del mundo, ha tomado un enfoque un poco particular y de mínimo costo en cuanto a su desarrollo de tecnologías informáticas. El país no tiene prácticamente presencia en internet, y lo que se sabe de su infraestructura tecnológica sugiere un atraso de décadas. Sin embargo, eso no ha detenido al Gobierno a la hora de patrocinar numerosos grupos delictivos dedicados a robar información y extorsionar empresas con ataques informáticos y, en un enfoque más novedoso, enviar programadores y otros profesionales a trabajar en empresas extranjeras, haciéndose pasar por ciudadanos de Corea del Sur, para conseguir remesas y secretos industriales .

Un ejemplo más, y probablemente el más exitoso, sin contar a China, es India. India mantuvo su economía más o menos cerrada hasta principios de los noventa; por lo tanto, antes de eso, su industria y tecnología eran de sustitución y buscaban proveer productos y servicios de bajo costo para su población, que no tenía gran poder adquisitivo. Aun así, logró desarrollar un programa espacial, un programa de misiles y un programa nuclear. Cuando se abrió al mercado fue porque consideraron que estaban listos para competir. Aunque todavía mantiene su estigma de capital de los call centers y las maquilas de software, sus alcances tecnológicos dan para mucho más.

Como se puede ver, el tema del desarrollo tecnológico se puede tomar desde muchas aristas: como herramienta de defensa y disuasión, como un plano más de la guerra de guerrillas o como un factor de desarrollo y prosperidad. Y todos estos enfoques llevan a un solo punto: la soberanía tecnológica, la capacidad de un país de generar su propia tecnología a una escala que le permita desarrollarse sin requerir la asistencia o aprobación de otros, o defenderse ante ataques externos.

En el mismo tema, y mostrando la otra cara de la moneda, cuando la Corte Penal Internacional declaró culpables de crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad a Netanyahu y compañía, EE. UU. aplicó sanciones a los jueces. Esto provocó que las compañías estadounidenses no pudieran tener relaciones comerciales con la Corte. Entonces, Microsoft bloqueó el acceso de los jueces a las aplicaciones de Office, incluyendo el correo electrónico de Outlook. Desde entonces hasta la fecha, han surgido multitud de iniciativas de la Unión Europea por crear alternativas propias a los servicios y plataformas antes tan gustosamente consumidos por prácticamente todas las compañías y gobiernos del mundo, con contadas excepciones como las antes mencionadas.

¿Y el lado hispano del mundo? Probablemente pensando en proveer de agua, territorio y energía a quienes quieran «venir a invertir», aunque no dejen más que edificios vacíos cuando la burbuja reviente.

Más allá del desastre ecológico que implican, los centros de datos son parte de la infraestructura necesaria para el desarrollo de tecnologías y plataformas tecnológicas competitivas en el mundo actual. Sin embargo, son la versión ciberpunk del bosque y la mina: solo materia prima.

El escritor canadiense Cory Doctorow propone un enfoque más aterrizado al problema del predominio, y eventual abuso, estadounidense en la tecnología. Resulta que EE. UU. incluye en sus tratados comerciales la obligación a los países firmantes de replicar sus leyes de protección de propiedad intelectual y antipiratería; esto es, volver ilegal desbloquear las impresoras para que puedan utilizar tinta reciclada, los teléfonos para poder usar tiendas de aplicaciones alternativas —o la existencia de dichas tiendas—, modificar los autos Tesla para poder usar el 100 % de la batería sin tener que pagar una cuota mensual, y un larguísimo etcétera.

La propuesta de Doctorow es simple: ya que el actual Gobierno de EE. UU. no respeta su parte del trato poniendo aranceles a diestra y siniestra, otros países pueden sencillamente derogar o alterar esas leyes y permitir el nacimiento de una industria del desbloqueo, reparaciones y modificaciones que cubriría desde teléfonos móviles y tablets hasta tractores y refrigeradores, pasando por cuanta pieza de tecnología actual tiene un procesador y memoria (https://pluralistic.net/2026/01/01/39c3/).

Si bien su perspectiva es canadiense y ve a Canadá y Estados Unidos como pares en la escena internacional, creo que es un poquito demasiado optimista en su propuesta; si no, que le pregunten a Australia qué pasó cuando quiso meter al redil a las mineras gringas . Pongo a Australia como ejemplo solo porque es el otro primo menor de la familia; ni qué decir si se tratara de Colombia o México. Aun así, no me parece una idea del todo descabellada.

Ian Morris, en su libro Why the West Rules, for Now, habla del concepto advantage of backwardness, o «las ventajas del atraso». En resumen, mientras las sociedades se desarrollan, aquellas con acceso a los recursos requeridos en determinado momento comienzan a cobrar relevancia, y las que no tienen dicho acceso van quedando rezagadas. Ese rezago las obliga a explotar los recursos que tengan a la mano, que podrán después volverse importantes para el futuro desarrollo.

No recuerdo si esto lo menciona Morris, pero yo agregaría que las sociedades menos avanzadas tienen también menos mecanismos para la protección del acceso de las élites a esos recursos y requieren gastar menos en mano de obra para producir lo mismo. Poniendo esto en contexto, y siendo un tanto cínico, si bien los países iberófonos en su mayoría tienen la obligación de cumplir con esas normas y regulaciones, la mayoría de ellos no tiene los mecanismos para hacerlas valer en la práctica. No por nada México fue, no hace mucho, el segundo lugar mundial en piratería electrónica.

¿Estoy sugiriendo que nos dediquemos a distribuir copias de películas y videojuegos? De ninguna manera. Volviendo a las estrategias implementadas por los países mencionados al inicio, ligándolo con la propuesta de Cory Doctorow y tratando de asentarlo a nuestra realidad, al menos a la de Hispanoamérica —España puede ser un caso aparte debido a su pertenencia a la UE—, creo que el enfoque debería cubrir varios frentes.

Desde el punto de vista comercial, el Gobierno debe promover la investigación y el desarrollo institucionalizado, dejando de lado el fatídico publish or perish y pensando más en patentar, publicar y desarrollar. Esto va de la mano con facilitar la creación de empresas tecnológicas y dar prioridad a los productos y plataformas nacionales con respecto a los extranjeros. ¿Por qué no hay una red social basada en Iberoamérica, un servicio de mensajería o un buscador?

También habría que desarrollar capacidades militares de seguridad informática, tanto defensivas como ofensivas. Y aquí volveríamos al manifiesto de Palantir: ¿es cierto que la IA es la nueva arma nuclear? Tengo mis dudas, pero tener la capacidad de apagar remotamente una central eléctrica o abrir la compuerta de una presa en un país enemigo es, sin duda, una herramienta de disuasión.

Finalmente, es muy importante promover la transferencia de información en español. Aquellos que tienen el conocimiento científico, técnico y tecnológico deberían tener incentivos, aunque sea solo ver su nombre en una revista prestigiosa, para compartir su conocimiento y capacitar a otros: promover y organizar foros, conferencias, publicaciones, cursos, etc.

¿Será esto posible? ¿Existe la mínima capacidad técnica en nuestros países para intentarlo?

Seguro que sí. Si el objetivo no es desbancar a Meta y Google de la supremacía mundial, sino proveer de una alternativa nacional que proporcione cierto grado de soberanía y tal vez alguna ventaja competitiva localizada, es completamente realizable. Actualmente hay empresas mexicanas, colombianas, brasileñas y españolas de centros de datos que, colaborando con universidades locales, bien podrían crear su propio modelo de IA basado en español. Seguramente no competiría con los 300.000 millones de parámetros de entrada y el millón de tokens de contexto de ChatGPT o Claude, pero ofrecería una alternativa local y más confiable que enviar tus datos a un país que, en un día en que su presidente se indigestara, te cortara el servicio o, peor, usara esos datos en tu contra.

Y no solo son los centros de datos y las universidades. En Iberoamérica hay desarrolladores de software, diseñadores, ingenieros electrónicos y mecánicos talentosos y capaces. Hacen falta incentivos para que los empresarios prefieran desarrollar tecnología de alcance local y regional en lugar de «alquilar franquicias» o administrar maquilas de las grandes transnacionales.

¿Por qué no crear un navegador de internet que proteja la seguridad y privacidad de los usuarios? Hay cientos de opciones de código abierto que pueden servir de base a una empresa con desarrolladores talentosos. ¿O qué tal un buscador que funcione como funcionaba Google antes de adoptar descaradamente el espionaje y la acumulación de información como modelo de negocio?

Hasta este punto hemos visto que la tecnología informática apunta a tener una influencia aún mayor de la que ya tiene en el entorno geopolítico y en el desarrollo de los países. Hemos visto también ejemplos de naciones que han logrado desarrollar sus capacidades tecnológicas por sí mismas, tanto en el ámbito civil como en el militar, si bien no para colocarse en el primer plano internacional en todos los casos, sí para imponer un cierto grado de respeto a sus adversarios y lograr incrementar el grado de bienestar de su población.

Las naciones iberófonas tienen la capacidad de emular ese desarrollo y colocarse como competidores capaces en el escenario internacional si se plantean un enfoque de alcance regional, planeado y dirigido gubernamentalmente, que aproveche nuestras semejanzas y necesidades específicas como ventajas competitivas y busque, también, reducir la dependencia de tecnologías extranjeras.

De este modesto análisis se desprenden multitud de temas que sería imposible cubrir en una extensión digerible: la relevancia de la IA para el desarrollo y las posibilidades de Iberoamérica de colocarse como un agente relevante —como países aislados es mucho más complicado—, el uso de las tecnologías de la información como plano de ataque y defensa militar, y las alternativas para desarrollar las empresas tecnológicas y las plataformas de servicios locales y regionales. Queda la tarea a personas más capaces e informadas que yo.

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