La Iberofonía
Equipo de edición de La Iberofonía, medio de comunicación del Ateneo Iberófono Juan Latino.
El analista ruso Dmitri Trenin plantea que el mundo ha entrado en una fase militar distinta, marcada por la combinación de guerra digital, desgaste económico, ataques a infraestructuras, operaciones encubiertas, presión energética y debilitamiento de la disuasión nuclear. En su artículo “Las guerras de la nueva era”, Trenin sostiene que la naturaleza de la guerra no ha cambiado —sigue siendo una lucha armada para imponer la voluntad propia al enemigo—, pero sí lo han hecho su forma, sus medios y su alcance.
La tesis central del texto es que la humanidad asiste a una transición desde la guerra mecanizada del siglo XX hacia una guerra digitalizada, extendida y multidimensional. Para Trenin, la nueva época no se define solo por tanques, artillería o aviación, sino por drones FPV, inteligencia artificial, guerra electrónica, comunicaciones espaciales, ciberataques, sensores, bases de datos y sistemas autónomos capaces de alterar la táctica y la estrategia.
El campo de batalla, según el analista, ha dejado de ser un espacio delimitado. La línea del frente se convierte en una zona gris, saturada por vigilancia constante y capacidad de ataque casi inmediata. La aparición de franjas de destrucción de 20 a 30 kilómetros desde la línea de contacto dificulta la concentración de fuerzas, debilita la maniobra clásica y obliga a operar mediante unidades pequeñas, dispersas y altamente expuestas. En este contexto, la sorpresa táctica pierde valor y la retaguardia deja de ser un espacio seguro.
Trenin interpreta los conflictos de Ucrania y Oriente Próximo como laboratorios de esta transformación. La guerra de plataformas —tanques, aviones, buques— cede terreno ante la guerra de software, sensores y municiones baratas de alta precisión. Los drones ya no cumplen solo funciones tácticas: pueden atacar aeródromos, refinerías, centros logísticos, infraestructuras energéticas y objetivos situados a cientos o miles de kilómetros.
El segundo eje del análisis es la guerra de desgaste. En Ucrania, Trenin considera que la fase inicial de maniobra dio paso a una presión constante sobre la línea de contacto y sobre la infraestructura de doble uso: energía, transporte, industria militar, sistemas de abastecimiento y centros de mando. En paralelo, las sanciones occidentales contra Rusia forman parte de una guerra económica destinada a limitar ingresos, bloquear operaciones financieras y debilitar la resistencia interna del adversario.
Esa lógica, según Trenin, no se limita a Eurasia. El analista incluye a Cuba y Venezuela dentro de las guerras de desgaste impulsadas por Estados Unidos en Iberoamérica. En su lectura, el bloqueo, la presión sobre el petróleo, las restricciones financieras y las sanciones buscan condicionar políticamente a los Estados que se mantienen fuera de la órbita estadounidense. La guerra contemporánea ya no se libra solo con armas: también se libra con combustible, divisas, bancos, seguros, puertos, oleoductos y redes de suministro.
Otro punto clave es la ampliación regional de conflictos inicialmente locales. Trenin advierte de que las fronteras efectivas del teatro de operaciones “no terminan en ningún sitio”. El conflicto de Ucrania puede proyectarse hacia el Báltico, el Mar Negro, el Ártico o el interior de Rusia mediante sabotajes, drones y operaciones especiales. En Oriente Próximo, la confrontación entre Israel, Estados Unidos, Irán y sus aliados regionales muestra cómo una guerra puede extenderse hacia mares, estrechos, bases, rutas energéticas y centros digitales.
El texto también aborda la cuestión nuclear. Trenin afirma que el miedo que contuvo a las grandes potencias durante la Guerra Fría se ha debilitado. La idea de una guerra nuclear limitada vuelve a circular en determinados círculos estratégicos, mientras varios Estados consideran que la posesión de armas nucleares es la única garantía real frente a una intervención exterior. Para el analista ruso, el mundo multipolar no será únicamente político o económico: también será un mundo nuclear multipolar, más inestable y menos regulado.
La lectura geopolítica de fondo es clara: Trenin considera que las guerras actuales expresan la crisis del orden mundial dirigido por Estados Unidos tras la Guerra Fría y el final de un ciclo de dominio occidental de larga duración. Desde esa perspectiva, Washington estaría intentando conservar su primacía mediante presión militar, sanciones, coaliciones flexibles y utilización de aliados en distintos frentes: Ucrania frente a Rusia, Israel frente a Irán, Taiwán y Filipinas frente a China, y mecanismos de presión económica en Iberoamérica.
El análisis no presenta la guerra futura como un episodio breve, sino como una confrontación prolongada, híbrida y tecnológicamente compleja. La paz formal puede mantenerse mientras la guerra real avanza por otros medios: sanciones, sabotajes, operaciones encubiertas, ataques digitales, bloqueo energético, asesinato selectivo, presión psicológica y control de infraestructuras críticas.
La conclusión de Trenin es que Rusia debe prepararse para un escenario de confrontación duradera con los países occidentales, especialmente en Europa, el Báltico, el Ártico, el Cáucaso y Asia Oriental. Su diagnóstico sitúa a Rusia como actor central en la lucha por el nuevo equilibrio euroasiático y presenta la guerra del siglo XXI como una combinación de vieja violencia y nueva tecnología.
El valor del texto está en su advertencia principal: la guerra ya no necesita ser declarada para existir. Puede convivir con embajadas abiertas, negociaciones diplomáticas, comercio parcial, discursos de paz y vida cotidiana aparentemente normal. Pero bajo esa superficie, el campo de batalla se expande hacia la economía, la energía, la información, el espacio, el ciberespacio y la arquitectura financiera internacional.
Fuente: artículo original de Dmitri Trenin, “Las guerras de la nueva era”, publicado en Russia in Global Affairs:


